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El drama de Bertha (reflexión)

  • Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
  • 27 may 2016
  • 2 Min. de lectura

La conozco desde niño, siempre ha sido mi vecina. A la vuelta de la esquina conocí a sus padres, don Mariano Herrera y a su madrecita, que como característica tenía los ojos vede intenso, de pelo cano, a sus hermanos y a una enferma mentalmente, la que cuidó hasta su muerte.

No sé, ni me quiero adentrar en los motivos que tuvieron por discusiones de la herencia, pues tenían unas casas frente a la plaza municipal y creo hasta el local del desaparecido Cine Zaragoza.

Algunos de sus hermanos ya desaparecieron, pues eran mayores que ella, y también sus padres. Nunca se casó, por lo tanto quedó sola. Para subsistir vendió sus propiedades y sólo se quedó con una pequeña casita, en el mismo lugar. Todavía hace tiempo la veía pasar a comprar el mandado, pero ya tenía tiempo que la veía solitaria, en ocasiones sacando una mecedora, viendo pasar a la gente y mirando la plaza.

Por tener que pasar por circunstancias diversas frente a su casita, que tiene una puerta con mosquitero, apenas distinguía su figura en las sombras, y de ahí me llegaban olores de su orina, pues quedó casi imposibilitada para moverse.

Ayer pasé de nuevo y escuché que me llamó por mi nombre a través de dicha puerta, con una voz agradable pero lastimera, y me sorprendió que a pesar de su edad y su enfermedad que aún me conociera. “Oliverio, ¡hazme un favor por caridad de Dios! Ayúdame a cerrar la puerta del patio, y ponle el picaporte. Además, pon una silla, pues tengo miedo que en la noche alguien me asalte, y ya vez, no me puedo mover”.

Su cuarto donde pasa todo el tiempo tiene una cama, y realmente no sé quién le ayude para pagar el foquito y su alimento diario o le ayude en lo más elemental.

Después me quise despedir, impresionado con Bertha, quien me dijo su edad, 76, ya que nació en los años 40, y me pidió disculpándose que le obsequiara un refresco y un pan, pues tenía hambre y sed, cosa que hice llevándole una Fanta y un sándwich.

Me dio las gracias y con su fina voz me agradeció el favor dándome bendiciones.

Me retiré a mi casa pensando en su drama, a la vida que sigue apegada, pues en ningún momento renegó de su vida y dijo que Dios sabía lo que hacía.

Aún sigo meditando y me pongo a pensar que la soledad es espantosa. No sé la causa de este estado, pero medito que nosotros a veces no apreciamos el calor de la familia y renegamos de todo, debiendo de estar agradecidos con Dios que nos ha permitido todavía, aunque pobremente, tener salud y gozar de la compañía de nuestros seres queridos.

Matamoros, Coahuila, 6 de mayo de 2016

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