Don Corcho
- María Carolina
- 10 ago 2019
- 4 Min. de lectura

1.- Uno de los personajes favoritos de mi barrio querido era don Corcho, muy estimado por ser el mejor reparador de zapatos.
Si en los puestos zapateros del mercado habían desahuciado los zapatos, don Corcho decía: “¡Déjemelos aquí!”, él se metía de lleno a repararlos y quedaban listos para iniciar la segunda vuelta. Así reparaba mochilas escolares y de trabajo, y bolsas de las damas que ya reparadas y boleadas parecían las que anunciaban en las revistas (así decía él).
Don Corcho tenía un ojito volteado y no me gustaba estar ahí cuando él trataba de ensartar la aguja, porque lo hacía de una forma tan graciosa, sobre todo cuando batallaba para hacerlo, y por más que yo disimulara, se me notaba la risa que me provocaba al verlo hacer eso.
Como muchas personas que vivían ahí, no recuerdo su nombre; Jacinto, Porfirio, Pancho… ¿qué importa?, para todos era don Corcho, el buen zapatero, sin horario, y hacia trabajos urgentes a cualquier hora, por lo que cobraba unos pesos más. Sólo se ausentaba cuando tenía que ir a la reparadora donde tenían una máquina de coser industrial (que él no podía adquirir).
2.- Pero como todos, don Corcho tenía su debilidad: padecía del mal del vidrio, cuando comenzaba a tomar, nadie lo paraba y duraba hasta una semana de farra, y como los choferes cuando tienen frío, “le subía al vidrio”. Y cuando tomaba, le daba por recordar lo que su mujer Paulina le hacía, y ella se escondía. Paulina era de piel blanca, con nariz ancha y se rizaba el pelo. Y don Corcho era muy noble, pero cuando estaba muy pepsi, sí le tenía miedo.
En la casa de don Corcho siempre estaba una escalera larga recargada en una de las paredes por donde se trepaban a la azotea, desde la cual se divisaba gran parte de las casas vecinas, y de ahí, don Corcho les gritaba a sus clientes: “Emilia, Carmela, Alma, Bernabé, ¡ya están sus zapatos!”, y de rato llegaban por ellos.
Era muy ordenado, y aunque no sabía administración, en su casa no faltaba nada.
Cuando don Corcho terminaba la fiesta y lo vencía el cansancio, se dormía y la que subía la escalera era Paulina, quien les gritaba a los deudores: “Ofertas, mitad de precio todo lo pendiente, mientras esté dormido Corcho”, y llegaban volados los clientes.
3.- Cuando don Corcho despertaba y comenzaba su cruda moral, se encontraba con que Paulina había terminado con el capital y las ganancias.
En su juicio no decía nada, se sentía apenado y no reclamaba nada, era cuando tenía que coser a mano con cáñamo, cera de abeja y aguja, y terminaba con los dedos sangrando. Pero no se rajaba y lo tomaba como un castigo por las juergas que agarraba.
¡Ah! pero tomado se acordaba de lo que le hacía Paulina y ¡pobre!, le volaban los zapatos por entregar y ella corría a esconderse con las vecinas de la vuelta que la escondían y además le daban su cubita con soda, y era cuando la güera Paulina se explayaba y se le soltaba la lengua, era cuando se enteraban que el pin... bizco ya no le cumplía, y que si no lo quisiera tanto ya lo hubiera mandado a...
Don Corcho era muy bailador y tomado se ponía sus huaraches de cuero y correas hechos por él mismo, a los que había agregado unos cascabeles porque bailaba la charanga y le gustaba el ruido.
Cuando Paulina ya no oía los cascabeles, se asomaba y lo encontraba dormido, le echaba una cobija encima ¡y ella se metía a descansar también!
Don Corcho tenía un perro muy gordo, lo atendía muy bien porque decía que un perro y una mujer flaca desprestigian una casa y hablan mal del proveedor (marido). Que además se dice que en esa casa están muy jo... (tenía sus ideas locas, pero era buen señor).
4.- Recuerdo mucho cuando una vecina llegó a vivir con unos tíos que ya tenían muchos años en el barrio. La dama era de buen ver y don Corcho movió repetidamente su ojito bailarín y se alisó los bigotes y mandó a Paulina por los refrescos para platicar más a gusto con la dama, quien le dijo que estaba dejada del marido, lo que interesó a don Corcho.
Paulina no notó nada, hasta que la dama recogió su calzado, ya que don Corcho sostuvo más tiempo del normal su mano y algo se dijeron entre risas. Por la tarde don Corcho salió muy bañado y con su camisa de domingo y su loción 7 Machos a comprar un material que necesitaba. Y Paulina, que nació ayer, salió detrás de él, y vio como don Corcho, sintiéndose lejos de miradas indiscretas, le sobaba una mano a la dama y con su ojito bailarín le hacía propuestas de cama. Paulina miraba todo de cerca, y cuando don Corcho y la dama casi entraban a un lugar discreto a saciar sus bajos instintos, les llegó de frente el marido de la susodicha y zarandeó a don Corcho, mientras la dama corría. De golpe se le bajó a don Corcho la ca... lor, para dar paso al miedo, y cuando se creía perdido, llegó Paulina y agarró a bolsazos al casi cornudo, lo que aprovechó don Corcho para correr rumbo a su casa seguido de Paulina, quien ese día y los siguientes fue motivo de la devoción de don Corcho, y la tranquilidad volvió a reinar en su hogar zapatero.
Después de que con el susto le quitaron a don Corcho sus ansias de novillero, entendió que los negocios no se mezclan con el placer, porque apareció el marido y casi acaba con él.
Y Paulina, mujer poco agraciada y de gran inteligencia, cuidó más a don Corcho porque tenía el “ojo alegre”, y por una dama hermosa perdía el piso y la conciencia; pero ahí estaba ella, que tenía mucha paciencia para hacerlo entrar en razón.
María Carolina
Noviembre 2017