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Don Castellanos

  • María Carolina
  • 10 ago 2019
  • 4 Min. de lectura

1.- Nunca supe su nombre, fue hace muchos ayeres. Lo llamábamos por su apellido y era un hombre gordo, de bigote y parecido a Don Francisco Villa, hasta usaba un sombrero igual al del Centauro del Norte. De estatura mediana, de carácter agradable y siempre con una sonrisa franca, y muy amigo de mi papá.

Vivía con su esposa y cuñada, ésta última se la heredó al morir su suegra, señora muy estimada por don Castellanos.

Él tenía una tiendita y vivía a unos metros de donde pasaba el ferrocarril y sólo había que tocar su ventana de madera, él levantaba la misma hacia arriba y la atoraba con un palo de escoba; y de ese pequeño tabarete sacaba todo lo que le pedíamos, así fuera en la mañana o a las tantas de la madrugada.

Esto era frecuente, y más cuando mi papá tomaba vuelo en la Cantina “El Piquito de Oro”, en la cual también tenía amigos y regresaba hasta que los ayudaba a cerrar.

Cuando mi papá llegaba a la casa, pasaban de las 11 o 12 de la noche, a veces más tarde. Sacaba el billete y corríamos con don Castellanos, quien a esas horas nos vendía leche, pan, huevo, queso, chorizo y hasta refrescos bien fríos o alguna golosina, y mientras nos atendía, preguntaba por mi papá, su amigo de la “inflancia”, con el que se reunía los jueves hasta tarde a jugar cartas o dominó y se tomaban también sus “caballitos” de tequila.

¡Ah, mi buen Castellanos!, si no fuera por él y a esas horas, cuántas noches nos hubiéramos ido a la cama y sin cenar.


2.- Don Castellanos era feliz con su esposa y su cuñada, quien era para ellos la hija que ambos habían soñado y no llegó.

Castellanos y su esposa se trataban con mucho respeto y la señora tenía su casa muy ordenada, con muchas macetas y jaulas con pájaros de colores que los alegraban con sus cantos.

Castellanos hizo su casa con un patio amplio y los domingos por la tarde ponían música de sus tiempos y comenzaba a bailar con su esposa, y los vecinos al escuchar llegaban con su pareja, entre ellos mi papá y mi mamá, que se incorporaban al baile, y nosotros sus hijos, aún niños, los veíamos desde una banca de madera amplia que hizo don Castellanos para eso. Y vaya que pulían el piso al ritmo de la música, pero donde se lucían era en el danzón y el mambo, y ya emocionados se daban el lujo de gritar como don Dámaso Pérez Prado: “¡Aaaahhaaa!”.

Una noche de jueves, en la jugada de dominó y entre “caballito” y “caballito”, don Castellanos le comentó a mi papá que había sentido dolores en el pecho, a lo que mi papá le aconsejó que viera a un doctor, que a tiempo todo tenía solución.

La semana siguiente salimos en familia como cada año a San Juan de los Lagos, donde duraríamos como cinco días. Al tercer día, como cada uno de los que estuvimos ahí, fuimos a la iglesia y luego a pasear, y al caer la noche, mi papá nos dejó en el hotel y él se salió a ver los fuegos pirotécnicos (que en su idioma quería decir “buscar una cantina”).

Al regresar, nos platicó que se encontró a don Castellanos y que andaba solo, y que estaba pagando una manda y que además le pidió de favor le dijera a su esposa que si en su ausencia necesitaba dinero, que apartara el ropero y que había dos mosaicos tapando un hueco grande donde estaban dos botes con monedas y billetes, para que no pasara trabajos mientras él regresaba, y que le encargaba a su familia. Decía mi papá que él y don Castellanos se despidieron y se dieron un abrazo.


3.- Cuando volvimos a casa, mi papá fue a dar el recado y encontró a la esposa y cuñada de don Castellanos “de luto”, y al preguntar por qué, le informaron que había muerto don Castellanos y ya lo habían sepultado. Mi papá se asustó con la noticia, y le dijo a la señora: “¡No puede ser, yo lo vi en San Juan! ¡Me dijo que andaba pagando una manda y que le diera un mensaje!”. Ella, incrédula dijo: “¡No es posible!, ¿se da cuenta de lo que dice?”. Mi papá le volvió a asegurar que lo había visto. Todavía incrédula le dijo: “¿Y qué mensaje mandó?”. Mi papá le dijo: “Que si tardaba y usted necesitaba dinero, que moviera el ropero, que había dos mosaicos tapando un hueco donde encontraría dos botes con monedas y billetes”. “Pero eso no puede ser, ¿cuándo dice usted que lo vio?”. Mi papá le dijo, y fue el día que lo habían sepultado.

Aunque la ahora viuda no estaba muy convencida de lo que mi papá le había dicho, le pidió por favor la ayudara a mover el ropero y efectivamente encontraron lo que don Castellanos le dijo a mi papá.

Todavía confundido, mi papá se despidió, y la viuda, aunque triste, le dio las gracias, porque sin aquél recado jamás hubiera sabido que estaba debidamente amparada ($$$).

Y mi papá duró un tiempo asustado, y cada vez que alguien recordaba a don Castellanos, contaba su encuentro con él, cuando ya estaba en el otro lado. Y tenía razón en sentirlo, ya que fueron amigos desde niños.

Ahora que ya pasaron los años, todavía cuando voy a un centro comercial y no encuentro en Abarrotes lo que busco, recuerdo a don Castellanos, porque no hubo un día que él dijera: “¡Lo siento, eso no lo tengo!”, porque todo había en su humilde tabarete.

¡Ah, mi buen don Castellanos, amigo de mi padre! De seguro ya San Pedro te dejó poner tu negocito allá arriba y tal vez un día no lejano llegue yo a comprarte dulce piloncillo y canela entera para un rico café de olla.


María Carolina

Septiembre 2017.




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