El hombre encuerado
- Por Agustín ARELLANO FARÍAS
- 28 may 2016
- 7 Min. de lectura

Corrían los primeros años de la década de los sesentas.
Fue un sábado por la noche cuando tres mujeres caminaban por la avenida Alatorre. Al llegar a la Escuela “Manuel Acuña”, caminaron por una fila de pinabetes. De repente, saltó a su paso una figura grotesca que las hizo gritar y correr de miedo. Por la sorpresa y la oscuridad reinante no distinguieron lo que era.
Así comenzó a tejerse la leyenda de un demonio, y sus primeras apariciones rompieron la monotonía y tranquilidad del pueblo.
Con la locuacidad de un molinero de El Maravillas, Miguel “El Bolero” y Simón “El Peluquero”, bastó para que la información de “El Aparecido” corriera como reguero de pólvora por todo Matamoros.
Una semana después y a la altura de la antigua estación del tren, caminaban otras dos muchachas, cuando intempestivamente les salió al paso una figura brillante. Así lo describieron las asustadas mujeres, después de los gritos de espanto y la de veloz carrera de su huida.
En un lapso de tres meses, esta enigmática criatura se aparecía cada semana y el pánico se extendió por toda la población. Se empezó a decir que era el demonio que se aparecía por tanta maldad. El párroco Juan Boone, secundado por sus sacristanes Juan Farías, Chicho y Eligio, sermoneaban en misa a los jóvenes para que no anduvieran en la calle a altas horas de la noche.
La policía municipal tuvo que tomar cartas en el asunto. Don Sixto Soto, entonces subcomandante, comisionó a dos policías para que realizaran las investigaciones del caso. Noche a noche los policías recorrían las oscuras calles por el rumbo la Escuela “Manuel Acuña”, por las ruinas de la vieja jabonera, por la estación del tren, lugares donde habían sucedido las apariciones.
Comenta el Profr. Jesús Villegas: “Una noche nos divertíamos jugando a los hilitos de oro en la placita ejidal, donde hoy está la Coca Cola. En esa plaza había puros pinabetes y en el centro un kiosco a medio construir. Vi salir una figura totalmente desnuda, vi que se metía a la Escuela “Benito Juárez”; llevaba su ropa en la mano”.
De ahí que al tenebroso aparecido se le conociera con el prosaico mote de “El Encuerado”. La gente se sosegó al saber que no era un espíritu del más allá.
Meses después los policías tuvieron éxito cuando escondidos tras los pinabetes vieron que “El Encuerado” se les aparecía a unas mujeres que caminaban por la vieja fábrica de jabones (hoy oficinas de la CEF). Los policías trataron de atraparlo pero se les resbaló, fue entonces cuando descubrieron que no era el demonio, sino un hombre completamente desnudo y cubierto de sebo. Esa era la razón de por qué a las mujeres que se les aparecía decían que brillaba.
Una noche en que se celebraba una kermés en casa de la maestra Leticia Escobedo por la graduación de unos estudiantes de la Normal de Saltillo, “El Encuerado” hizo una nueva aparición, así lo recuerda doña Valentina Román: “Yo había ido al baile para cuidar a mi hija y a tres muchachas que me encargaron, el reloj indicaba a campanadas que eran las once de la noche cuando en la esquina de la 5 de Mayo y Pabellón se nos apareció ‘El Encuerado’, alzó los brazos y bailó frente a nosotras; todas gritamos de miedo y nos refugiamos en las casas cercanas”.
Don Chabelo, un señor que vendía elotes me dice: “Lo correteamos, pero se escondió en la oscuridad de La Vega de Marrufo, entre carrizales y mezquites”.
En la colonia ejidal también se le apareció a la señora Irma, así lo cuenta su amiga Alicia Moreno: “Irma vivía por la avenida Carranza. Era el mes de mayo, aquella noche se disponía a cerrar la ventana cuando ve en la calle a una grotesca figura que desnuda le bailaba y alzaba los brazos. Después del asombro pegó un grito, por lo que acudió toda su familia; para entonces ya el sujeto había desaparecido”.
Desde entonces se dijo que “El Encuerado” era joven y ligero para correr.
Fortino Amaya, que siempre vivió en el Barrio El Maravillas, recuerda: “Los maestros de la Escuela ‘Manuel Acuña’: Amparo Adame, Socorrito y María Luisa Martínez, Chera Reveles, Jito Lavenant, Ernestina Carrillo, Lola Ibarra, Tina Cardona, Antolino González y Jaimito Soto, todos los días platicaban de ‘El Encuerado’”.
Este hombre tomó como guarida las instalaciones de la vieja noria de agua potable que estaba frente a la Escuela Acuña, por la calle Alatorre; la finca era grande y se prestaba para esconderse.
Don Sixto Soto, subcomandante de la policía, viendo que los uniformados eran incapaces de atrapar a “El Encuerado”, personalmente se avocó a su detención, haciéndose acompañar por su compadre Juanito.
Me contaba don Sixto: “Una noche estacionamos La Julia debajo de los pinabetes frente a la vieja jabonera. Dormitábamos, le cayó un chorro de líquido amarillo al parabrisas de nuestro vehículo policiaco. Enseguida un individuo desnudo saltó sobre el cofre como si fuera Tarzán. Pa’ cuando nos bajamos de La Julia ya ‘El Encuerado’ había huido a Las Vegas”.
En aquellos tiempos, mucha gente se sentaba afuera de los hogares para disfrutar el fresco de la noche. Doña Rosa: “Una noche platicaba con doña Enriqueta y con doña Blasa cuando ‘El Encuerado’ pasó corriendo y dio vuelta hacia La Vega”.
En la colonia Las Hortalizas, la señora Petra, hoy de 60 años, recuerda: “Había pocas casas y muchos pinabetes y mezquites. Vivíamos en una esquina. Cuando una noche platicaba con las vecinas, estábamos sentadas en la banqueta, no aguantábamos el calorón, en eso que se nos aparece el descarado de ‘El Encuerado’. Nos hizo unas señas y luego se hecho a la ‘juida’, lleno de grasa colorada. Por eso brillaba, era todo lo que hacía, de todas maneras nos daba miedo salir de noche”.
La señora Socorro me cuenta: “Era un sábado, íbamos al baile del Carta Blanca, caminábamos por la 5 de Mayo. Iba acompañada por mis amigas Petra, Mague Ofelia y otra amiga. A nuestras espaldas escuchamos una voz que nos preguntaba que a dónde íbamos”.
-Al baile-, le contestamos sin voltear. Luego nos preguntó que si lo llevábamos. Contestamos que no. Desesperado el de la voz a nuestras espaldas nos preguntó que si sabíamos quién era.
-No, y ni nos interesa-, le contestamos.
-Pues voltién para que me vean, soy “El Encuerado”.
-Al verlo, todas gritamos y corrimos.
Dice Miguelón “El Bolero”: “Que lo hacía como pasatiempo. Le complacía oír gritar y ver correr a las mujeres. Tal vez eso lo excitaba, y luego desaparecía. Duraba semanas sin aparecer, luego aparecía en diferente lugar”.
Los años han pasado y muchos jóvenes de hoy nada saben de estos episodios, les suena como a una fábula.
El profesor Manuel Muñoz, dice: “Mi primo Fitín y otros amigos jugábamos en la pileta de la Escuela Acuña, era un sábado, apenas caía la tarde, en eso vimos que de los pozos de La Vega salía un tipo corriendo totalmente desnudo. Corrimos a hablarle a don Pablo Flores, quien con un pistolón fue a buscarlo pero no lo encontró; esa vez nos divertimos mucho riéndonos de ‘El Encuerado’”.
Juan Farías y “El Güero” Marín lo vieron salir de los pozos de La Vega, por la calle Guerrero. Lo quisieron atrapar, pero “El Encuerado” tomó una bicicleta que estaba afuera de la tienda de don Enrique García, en la esquina de la Guerrero y 5 de Mayo. En esa ocasión también el profesor Manuel Muñoz lo vio, dice que lejos de causar temor, causaba risa.
Cierta noche, Juan “El Vainudo” y un grupo de amigos que frecuentaban la cantina “El Palmeras”, para para disfrutar de la mexicana alegría, organizaron una búsqueda para atrapar a “El Encuerado”, pero no tuvieron éxito.
Mi vecina la maestra Lupe (qepd) recuerda: “Aquí fue la única casa donde ‘El Encuerado’ se metió. Mi mamá nos daba de cenar, en eso oímos ruidos y una vecina de enfrente, doña Enriqueta, venía a pedir una tacita de azúcar. Se topó de frente con ‘El Encuerado’, y cuando mi mamá preguntó, ya dentro de la casa, que si lo había visto, ella contestó:
-No, comadrita, nomás voltié de ladito; no le vi nada. Pero usted sí lo vio, ¿verdad, comadrita?
-Pos tampoco, comadrita, nomás lo vi de reojo.
No existe testimonio de que lo hayan visto de frente, todas las mujeres lo vieron sólo de reojo. El caso es que nunca fue identificado.
Dice doña Petra, conserje de la Escuela “Cristóbal Díaz”: “Pos ni nos fijábamos en la cara”.
Juan Farías comentó que al “Encuerado” le gustaban las películas de Tarzán, pues siempre andaba arriba de los pinabetes y gritando como Tarzán.
Don Manuel Fierro Lavenant me contó que a su tía Carmen Lavenant le gustaba presumir que a ella se le había aparecido “El Encuerado”; lo platicaba con entusiasmo, como si fuera un gran personaje.
Una noche, después de varios años de las apariciones de “El Encuerado”, un hombre muy conocido en la población llamado Felipe “La Zorra”, se disponía a hacer una necesidad fisiológica en los pozos de La Vega, pero cuando se bajaba el pantalón le cayeron los gendarmes.
Él alegaba que sólo iba a hacer una necesidad, pero fue arrestado bajo la acusación de ser “El Encuerado”.
Don Sixto Soto, que le fue encargada hacer la investigación, llevó a doña Carmelita a identificar al detenido (ninguna de las mujeres ofendidas se atrevió a presentarse). Doña Carmelita, al estar frente al supuesto “Encuerado”, sólo se limitó a decir: “No es él, éste está muy pobre y trasijado”.
Hasta el día de hoy muchos afirman que el individuo atrapado por la policía no era “El Encuerado”, y como ninguna mujer fue atacada sexualmente, todo fue cayendo en el olvido. A lo más a que se atrevió “El Encuerado” fue abrazar a alguna asustada muchacha.
Lo peculiar de esta historia de apariciones es que ninguna mujer recuerda haberle visto el rostro. ¿Sería por el susto, o por la oscuridad de la noche, o por la herramienta que la naturaleza le dotó que le gustaba presumir?
El paso del tiempo ha ido borrando esta historia, pero la incógnita aún perdura: ¿Quién fue en realidad “El Encuerado”?
¿Ya habrá muerto? ¿O quizá todavía se ríe de sus célebres aventuras?
Matamoros, Coahuila, marzo de 2001