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Jorge Valverde, boxeador por accidente

  • Por Heriberto DOMÍNGUEZ
  • 1 jul 2016
  • 6 Min. de lectura

JORGE “PAJARITO” Valverde antes de emprender su vuelo final.

El “Cine Zaragoza” de principios de 1950 no era exclusivamente una sala cinematográfica en la que se cobraban 40 centavos en luneta y 20 en galería.

De cuando en cuando se presentaban funciones de box y lucha libre, para lo cual se instalaba un cuadrilátero abajo de la pantalla, o un entarimado para la actuación de bailarinas traídas de Torreón.

Aquella noche de 1953 iba a ser de box. Un jovencillo de entre 16 y 17 años llegó al pórtico del cine nada más para curiosear las carteleras. En eso andaba cuando un hombre se le acercó apresuradamente:

-Oye tú, muchacho, ven acá; uno de los boxeadores no vino. ¿Qué dices? ¿Te avientas?

Quien le hacía la invitación era un griego de nombre Teófanes Papadópulos, regenteador de la sala de cine y promotor de espectáculos.

Mientras el muchacho titubeaba, el desesperado empresario casi lo empujaba a los vestidores y de pronto se vio trepado en el ring. Los otros boxeadores le facilitaron guantes, un short que le quedó guango y unas zapatillas también así de grandotas. Ah, y sin protector bucal.

¡Pelea a cuatro raunds! -gritó el anunciador-. Al improvisado púgil le bastaron sólo tres para mandar a la lona a su rival hasta la cuenta máxima.

De esa manera había sacado de apuros al señor Papadópulos, quien generosamente lo premió con dos billetes de a peso. ¿Qué hizo con ellos? “Me fui a cenar tacos con Eliseo”.

Por esas jugarretas que a veces nos depara la vida, Jorge “El Pajarito” Valverde sintió que la suya daba un giro de repente. De ahí para adelante su existencia transcurriría entre el aullido de las multitudes y el sordo tan-tan de la campana del ring.

-¿De dónde le viene el apodo?

-Ya es de familia. Mi hermano Alberto era matancero y trabajaba en el rastro. Le decían “El Pájaro”. El encargado del rastro se llamaba Daniel Hernández, más conocido por el alias de “La Chuleta”, y cuando me veía llegar con la comida para mi hermano gritaba “ahí viene el pajarito”.

Los matamorenses cincuentones recordarán que el matadero municipal era un corralón de lo más insalubre, allá por el cuarenta-y-tantos. Ya no existe. Las ironías de la vida quisieron que parte de las instalaciones del Seguro Social se levantaran sobre él.

No se le olvida al “Pajarito” que en su debut boxístico de aquella noche su rival fue el lerdense Juan “Florerito” Valdez. Le decían así porque vendía flores. Todavía las vende en un puesto del mercado de flores de la calle Blanco, entre Hidalgo y Presidente Carranza, de Torreón.

Esa pelea sirvió para que Pancho “El Flaco” Pérez le viera madera de prospecto y lo invitó para que al día siguiente fuera a entrenar a un gimnasio localizado a espaldas del mismo Cine Zaragoza. Pancho Pérez se dedicaba a preparar boxeadores. “Era lírico, pero le gustaba el oficio”, comenta Jorge.

Además de Pancho, que fue el que lo inició, tuvo de entrenadores a Jesús Álvarez y a Jesús “Perico” Rivera, un torreonense que de hecho lo guió en casi toda su carrera; incluso lo llevó al Distrito Federal para que depurara su técnica en el gimnasio de Arturo “Cuyo” Hernández, de quien aprendió muchos secretos.

Esos secretos los aplicó cuando tuvo que enfrentarse a peleadores de la talla de José Becerra, que después sería campeón mundial. Becerra le ganó la pelea por nocaut técnico, a causa de una herida en la ceja. Lo mismo sucedió con el ya para entonces famoso campeón nacional José “El Toluco” López. Precisamente estrenó su corona conmigo. Me pararon la pelea en el quinto por una cortada en la ceja.

-¿Cuántas veces lo noquearon?

-Ninguna.

-¿De cuál boxeador se acuerda más?

-De Lucio “Polina” Hidalgo. Era un peleador de Torreón muy aguerrido que no se rajaba, pero nunca me ganó. Un día vino a visitarme a mi casa y le dijo a mi esposa que se sentía muy orgulloso de haber peleado conmigo.

Allá, en sus inicios, Jorge Valverde se enfrentó a Kid Polina, un fajador muy duro; a Toño y Mencho Sandate; a Chebo García; a Daniel “El Chato” Campos, y al Zurdo Salinas. Ninguno le ganó una pelea.

La bolsa más grande que llego a ganar fue de tres mil pesos, y aunque el boxeo le daba para vivir, prefería combinar el deporte con otras actividades, ya fuera de panadero o bien matando marranos.

A su paso por la panadería tuvo como patrón a Celestino Adame de quien guarda un agradecimiento muy especial, ya que encontró en él un motivo de aliento y apoyo. Jamás le puso trabas para que fuera a entrenar, e incluso lo acompañaba a donde quiera que se presentaba. Hasta en Monterrey.

Cerca de diez años duró “El Pajarito” corriendo por los arenales, saltando a la cuerda, pegándole a la perilla, yendo de ciudad en ciudad y de ring en ring hasta que la Comisión de Box le prohibió volver a subir a los encordados con el argumento de que ya tenía las cejas muy cortadas y que no se hacían responsables de lo malo que pudiera pasarle.

Ocurre, con muy raras excepciones, que los boxeadores en retiro se refugian en el alcohol, de lo cual hay muchos casos lamentables. Jorge Valverde es una de esas contadas excepciones. Ni vino, ni tabaco, ni nada.

Siguió llevando una vida dedicada al deporte, y aun cuando su condición de boxeador pudo haberlo hecho abusar de los demás, jamás se vio envuelto en pleitos callejeros, ni mucho menos ha sido capaz de provocarlos.

En algún momento de su carrera recibió un reconocimiento internacional cuando un periodista estadounidense lo mencionó como boxeador del mes. Hasta allá se sabía de sus hazañas. Sin embargo, ¿por qué no alcanzó mayores alturas?

-Yo tuve anhelos y ambiciones. Pero en esto, como en todo, hay que tener los contactos adecuados. Ni yo ni mis manejadores los tuvimos.

Cuando le pedimos que nos mostrara fotografías o reseñas periodísticas de sus días de gloria, nos salió con que no conserva nada.

-Todo lo he ido regalando. Guardaba muchas cosas en un veliz, pero como en una época tuvimos que irnos a vivir a Monclova, la casa se quedó sola. Cuando regresamos, el veliz estaba allí, pero todo apachurrado y destruido por las lluvias. No hubo nada que rescatar.

Lo cierto de Jorge es que en el museo que tenemos aquí en Matamoros se exhiben algunos recortes de periódicos y fotografías suyas; él sabe que también hay fotos enmarcadas en una cantina de San Pedro de las Colonias; esa cantina se llama “El Pico de Orizaba” y es propiedad de Eduardo González Salas. Allá lo conocen como “El Piporro”.

Pacífico en su vida diaria, pero violento en cuanto oía la campanada, el pequeño púgil luce como indeseadas medallas de sus combates una dentadura incompleta por los golpes y unas cicatrices en las cejas, aunque semiocultas por los surcos que labran los años.

Nacido el 28 de abril de 1934. Jorge Valverde Escobedo se casó a los 22 años con María Elisa Robledo. De ese matrimonio nacieron Jorge Neftalí (también anduvo probando suerte en los cuadriláteros con bastante éxito), Ruth, María de los Ángeles, Dora Georgina, Marisela, Jesús Saúl, Flor de María, Joel Erik y Edgar René.

-¿Al noveno hijo tiró la toalla?

-No, yo no la tiré; la tiró ella, mi esposa.

-¿Ninguna de sus hijas le salió boxeadora?

-Dejadas no son; y si no, pregúntenselo a sus maridos.

“El Pajarito” se ha desempeñado durante los últimos años como intendente de la Escuela Secundaria Técnica No. 15 de Viesca.

Sin embargo, en ningún momento se ha olvidado de las cosas del box. Gracias a que le han facilitado un espacio en la cancha de la Cámara Júnior, se dedica a preparar jóvenes en el deporte de las orejas de coliflor, actividad que desarrolla con bastante éxito desde hace 30 años y sin cobrar un solo cinco.

Parte de la preparación consiste en aleccionar a sus pupilos con buenos consejos como induciéndolos a alejarse de malas compañías y de los malos hábitos, a no ser groseros y a respetar a los demás.

Sus enseñanzas han hecho destacar, entre otros, a Jorge Gómez Natividad, José Ángel “Pajarito” Valverde (medalla de oro nacional), Rafael “Palelo” Muñoz Alba (medalla de plata preolímpico), Jesús Frausto Palafox, Joel Erik Valverde, Tereso Pérez y José Francisco Enríquez Salas. Este último compitió en una olimpiada en el DF convocada por la SEP.

Y cita a muchos y muchos más, como Vicente “El Pulpo” Luévanos, que era muy aguerrido en el cuadrilátero.

Su única afición fue siempre el baile. Después de cada pelea se relajaba bailando. “Por eso mi esposa nunca se molestó por ello, pues sabía que era mi única diversión”.

Actualmente Jorge vive en la misma casa donde nació, allí por la calle Libertad.

Dice que sábados y domingos recibe a sus hijos casados y a sus veinte nietos. “La casa se me nubla con tanto canijo muchacho. Soy muy feliz. Creo que no hay nadie más feliz que yo”.


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