Un señor
- María Carolina
- 1 jul 2016
- 6 Min. de lectura

Era don Eligio alto, ojiverde, un poco robusto, nariz aguileña, descendiente directo de auténtico español, y siempre fue así, risueño, malhablado, tomador. Estibador de oficio, y aunque de poca letra, de mucho conocimiento; ése que se recibe de la vida misma.
Aunque pobre, quería una vida diferente para sus hijos, a los que tenía estudiando. Un día a ellos les dijo: “Hoy los voy a enseñar a andar en bicicleta”, y los cuatro emocionados lo siguieron.
Se acercó el primero y subió a la bicicleta y esperó instrucciones, y cuando más distraído estaba, don Ely, sin decir “¡Agua va!”, lo lanzó con fuerza hacia adelante y el aprendiz echó maromas y se levantó todo raspado, y don Ely lo levantaba entre carcajadas y le decía: “¡Vivo! ¡Debió darle a los pedales!”. Luego se dirigió a los otros “alumnos” y les dijo: “¡El que sigue!”, y todos corrieron.
Era pintoresco el señor. A su esposa le construía de láminas y cartones “cocinas provisionales” que duraban años, y siempre le decía: “Viejilla, sigue la de firme y azulejo”, y ella sonreía.
Esa noche, como tantas otras, llegó don Ely zigzagueando el camino y sonriendo feliz. Por su sonrisa se diría que se había sacado el Premio Mayor.
Despertó a los dormidos de la familia para informarles que esa noche estuvo brindando con un señor que le dio la fórmula para hacer vino y que ese sería el objetivo en los días siguientes. “¿Te imaginas, viejilla? ¡Se acabó la pobreza! Ya te veo guisando en tu cocina de firme y azulejo”.
Al día siguiente trajo unas rejas de uvas, además de muchos otros ingredientes, y las hijas mayor y menor bailaban en aquel baño sacando el jugo de las uvas. Luego don Ely revolvió unas cosas que agregó a las uvas y por fin satisfecho dijo: “Es hora de envasar al alto vacío”. Tapó las botellas con unos hules y les enredó unas ligas y al sistema lo llamó a Perpetuidad. Luego guardó todas las botellas que llenó en una vieja hielera y... pasaron dos años.
Esa tarde, don Ely reunió a la familia y dijo solemnemente que era un momento muy importante, que guardaran silencio, y todos contenían el aliento (y la risa). Abrió una de las botellas y le dio un trago generoso, y todos expectantes esperaron la reacción. De pronto don Ely hizo acción de ahogo y querer vomitar a la vez, y tiraba manotazos exigiendo ayuda. Todos se movieron, lo hicieron pasar agua a fuerza y volvió a respirar. El resto del día lo pasó vomitando y con los ojos tristes. Cuando pudo hablar, pidió con la voz muy débil: “Se tirará la primera, única y última elaboración del vino ‘Don Eligio’”.
Y al “amigo” que le dio la fórmula, esa noche lo llenó de “bendiciones”.
En otra ocasión, don Ely saludó a un amigo de sus ayeres que le contó de “un tesoro” que se encontraba en una cueva cuya entrada estaba en un cerro por el rumbo de Picardías, Durango, y que lo cuidaban varias víboras que de viejas ya tenían bigotes.
Inmediatamente don Ely reunió a la familia y dijo: “Familia, ¡se acabó la miseria! Viejilla, ya puedes ir escogiendo el color del azulejo”, y la santa señora sonreía y lo apoyaba.
Esta vez no quiso ser egoísta y convidó a los vecinos y se fueron muy temprano con lonches de huevo, frijoles y tornachiles, y las mujeres los vieron irse y suspiraron por sus viejos que se iban siguiendo una aventura y saboreaban la promesa guajira de una vida cómoda y sin complicaciones.
Y los viejos duraron perdidos todo el día siguiendo a don Ely, y regresaron como a las 9 de la noche, cansados y llenos de tierra, y algunos juran haber visto a las víboras con bigotes; otros platican que los dejaron pasar a la cueva pero “el tesoro” no quiso hacerse presente. Y habiendo explicado su búsqueda sin éxito, se lanzaron sobre la despensa de sus casas, las que en un ratito vaciaron dado el cansancio y el hambre que traían.
En la casa de don Ely tenían un patio grande con bardas bajitas, y en una base de madera había un enorme baño que llenaban con agua, y aunque sabía hacerlo, nunca arregló los enchufes de luz y prefería pegar los alambres cuando era necesario, y aquel patio se iluminaba como un escenario.
Esa noche, don Ely discutió con su mujer, reclamó una bastilla que no estuvo a tiempo, y por hacerla él mismo, cortó pedazos de más y el pantalón terminó siendo short.
Enojado, don Ely se trepó al baño lleno de agua y se comenzó a bañar, y creo que debo mencionar, que como siempre, traía unas copitas de más, y él se bañaba feliz, cuando un vientecillo juguetón entrelazo los alambres y el patio se iluminó, y don Ely avergonzado quiso desaparecer dentro del baño mientras se daba cuenta que las vecinas de alrededor reían a sus costillas. Él llamaba a su mujer, que molesta por la discusión no salía; así que las vecinas tuvieron cuerda para rato. Y cuando al fin la santa señora salió y se dio cuenta de la situación, entre risas le llevó una toalla y apagó la luz, y don Ely pudo bajar del baño sin que lo vieran, y sin aplausos, sólo los de su familia, que no paraban de reír.
Los domingos rondaban tristemente los hijos de don Ely pidiendo la moneda que gastarían, pero él no pecaba de generoso y contestaba: “¡Va libre!”, lo que tal vez equivalía a vender un poco de libertad a cambio de no sangrar su bolsillo.
Las tardes de domingo en aquellas “cocinas provisionales”, y a falta de dinero para salir a pasear, don Ely y su mujer se pulían haciendo 5 kilos de ricas tortillas de harina que compartían con amigos, parientes y vecinos que llegaban sin ser invitados y saboreaban aquellas tortillas con cafecito negro que don Ely preparaba para la ocasión, y se hacían aquellas reuniones y don Ely comenzaba uno de sus deportes favoritos: sacar a pasear la lengua, donde salía a relucir todo el mundo cercano.
Don Ely enseñó a sus hijos a respetar. ¡Y vaya que fue duro en eso! Pero tengo que aclarar que a veces, ¡él no lo hacía!
Un día la familia lo escuchó hablar con un vecino de al lado que le comentaba: “Fíjese, don Eligió, que a mí nunca me gustó tomar”. Y él, como todo un señor de mundo le contestó: “¡Hazle la lucha, Arturo, hazle la lucha!”, y la familia reía con sus ocurrencias.
Un día vinieron a decirle a don Ely que un amigo de su infancia había fallecido, y reunió a un grupo de conocidos y se fueron a velarlo, y para su complacencia, hubo mucho café con piquete, y don Ely amaneció debajo del ataúd. Los que lo acompañaban desaparecieron y estaban dando las últimas oraciones para irse al cementerio.
Con pena y todo, se levantó y volvió a su casa, donde platicó con vergüenza lo que le había pasado, y al dar la espalda traía la cruz de cal pintada que ponen debajo de los ataúdes. ¡Don Ely era todo un caso!
Don Ely fue siempre así, lleno de una energía que contagiaba. Derrochaba alegría e ilusiones que siempre compartía con su familia. Era un hombre de una pieza, pero cuando perdió a su mujer y a su hija mayor (su adoración), con una semana de diferencia, lo vi doblarse y perder su alegría. Creo que ese mismo día llegó la vejez a su vida.
Su santa señora debió amarlo mucho, pues murió esperando aquella cocina de firme y azulejo, pero no se fue triste, hubo muchas necesidades, pero sobraba la alegría por las puntadas que don Eligió a diario se aventaba. Para don Ely, lo más importante fue su familia. Por eso cuando sintió que la mazorca comenzaba a desgranarse, no quiso seguir, y antes de ver partir a alguien más, prefirió irse él y esperar allá a los que faltaban.
¡Don Eligio era mi padre! Yo soy su hija menor, y créanme cuando les digo que no cambiaría una buena posición económica, ni a un padre millonario, estirado e indiferente, por él, que no nos hizo vivir un día igual al anterior, ni nos permitió conocer el aburrimiento, ya que nos enseñó a reír y a enfrentar la vida, y sin palabras y sin abrazos, a su esposa y a sus hijos nos dio todo su tiempo y amor.
¡DON ELIGIO ERA MI PADRE, Y PARA MÍ ERA EL MEJOR!