Narraciones del ayer: “El Cuadro”
- Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
- 19 oct 2016
- 4 Min. de lectura

No sé exactamente cuántos años hace que no existe la manzana sin fincas a la que le llamábamos “El Cuadro”. Esa manzana está situada entre las avenidas Independencia y Zaragoza, y las calles Pabellón y Libertad, contra esquina de la plaza principal.
Frente a “El Cuadro” estaba el CORRALÓN, que era parte de la Presidencia, que hoy ocupa la Cancha Cámara Junior. Cuentan que cuando terminó la Revolución, ahí encerraban a todo hombre matamorense y los hacían salir para contarlos y así se realizaban las primeras elecciones. También este corralón sirvió para presentar lucha libre, corridas de toros y demás juegos de aquellos tiempos celebrando las fiestas, ya sea del 5 de Mayo o las de Septiembre. Se instalaba en “El Cuadro” o el corralón el PALO ENCEBADO, con premios que el comercio regalaba, y los atractivos juegos mecánicos.
En la historia de Matamoros, ese lugar era muy conocido porque ahí también se instalaban los circos de la talla del mejor de México en ese entonces: el “ATAYDE”, que llegaba por tren en el antiguo Ferrocarril que entraba por el norte de la ciudad por la calle Niños Héroes, para estacionarse en la esquina de avenida 5 de Mayo, y su llegada me recordaba una película americana que vi de muy niño llamada “El Espectáculo Más Grande del Mundo”.
Como no existía la televisión, sólo el cine, en época de mi niñez estos eventos, estoy seguro, que no sólo a mí me llamaban poderosamente la atención.
La llegada de la enorme máquina de vapor con sus ruedas gigantes, el característico silbato, sus carros cilíndricos cargados de no sé qué, sus vagones con gente que venía de otras partes, y los que cargaban todo lo que maneja un circo, desde sus enanitos y animales como los elefantes, camellos, los animales feroces en sus enormes jaulas… El espectáculo del circo ahí comenzaba.
Después toda la chiquillada corríamos al CUADRO a ver levantar sus enormes carpas, haciéndoles mil preguntas a los trabajadores sobre sus grandes plantas de luz, el precio, el día del inicio de sus actividades, etcétera.
Luego, la noche de la inauguración de la temporada sentía una gran emoción al ver su llamativa entrada y los miles de foquillos que nos atraían como a los mosquitos la luz.
Contaban mis abuelos de un gran trapecista muy famoso llamado Jesús Quevedo, que alguna vez vino, y mientras instalaban las carpas y conseguía alojo tuvo necesidad de defecar, y aprovechando la pobre iluminación de la plaza en aquel entonces, al atardecer, cerca de algún arbolillo, dijo: “¡Aquí mero!”, con la mala suerte de que por ahí pasaban dos viejecitas a misa que al verle su parte trasera expresaron “¡Jesús, qué veo!”, a lo que el trapecista expresó “¡No cabe duda que soy famoso, hasta por el trasero!”.
Hoy me doy cuenta que teníamos una gran capacidad de asombro a lo que ahora los niños de las nuevas generaciones; estos espectáculos poco les llama la atención embebidos en juegos electrónicos que sólo les enseña violencia.
Hasta mi casa, ubicada en la cuadra del mercado, se escuchaban en la noche los rugidos de los leones, y no se diga su propaganda con las altísimas bocinas de trompeta.
En “El Cuadro” también llegaban circos humildes como el “ RODOVERTY”, el de los “HERMANOS MERAZ”, donde actuaba un payaso muy querido por todos nosotros, se hacía llamar GLOBITO Y SU CLÁSICA TALANGA. “Talanga” era un perrito de garra relleno de maíz, y en sus actuaciones lo movía de un lado a otro amarrado a un corto mecate y lo trataba como si fuera real. Una anécdota que este personaje contó a mi amigo y sobrino “El Coquis” es que una ocasión que llovió y dejó afuera de resguardo a su pequeña “Talanga”, amaneció más gorda, pensando entre bromas que cómo fue que se descuidó y le preñaron a su perrita de garra, pero inmediatamente recapacitó, se dijo: “Esto sucedió porque el maíz con la humedad de la lluvia se infló”. Pequeños circos aún sin carpa, pero nos divertían a toda la familia.
Se presentaba el “TEATRO TAYITA”. Se anunciaban en los aparadores con fotografías de sus bellas artistas, sus obras muy bien montadas, con sketch que nos hacían soltar tremendas carcajadas y sus espectáculos de marionetas.
En “El Cuadro” se instalaban también los HÚNGAROS con sus carpas, y sus mujeres con sus muy coloridos vestidos; en ocasiones celebraban ahí sus bodas, a la vista de todos hacían sus rituales y sus danzas, leían las cartas y adivinaban la suerte.
Ellos daban funciones de cine al aire libre en una pantalla que se movía con el aire, y nosotros nos sentábamos en bancas sencillas de madera. Las madres nos prevenían de ellos porque se corrió el rumor de que eran roba chicos.
Salían por las calles de mi viejo Matamoros ofreciendo su magia. Por cierto, la mayoría de las húngaras eran bonitas, de ojos preciosos. Les decíamos húngaros, o gitanos, sin saber realmente si eran de Hungría o de algunas regiones de España. Pero viven en el recuerdo de los que nacimos a mediados del siglo pasado. Llamaba la atención que a todos nos hablaban de tú.
El mentado CUADRO era paso obligado de los matamorenses alegres rumbo a la Zona de Tolerancia, que se encontraba donde hoy están los llamados Mercaditos, así como pasar por frente a la cantina los “DOS ARBOLITOS”, y luego “EL CHARRO NEGRO”.
Aquí termino esta narración de lo que yo me acuerdo de EL CUADRO. Sé que muchos de ustedes tienen más datos. Agradeceré sus personales comentarios sobre este tema o cualquier otro del ayer, para escribirlos y dejar constancia de lo que vivimos algunos que hoy ya estamos viejos, o de otros que ya se fueron y dejaron en pláticas los recuerdos.
Enero 20 de 2009, Matamoros, Coahuila.