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En tiempos de la abuela


Cuando niño, en la casa grande vivíamos en una parte mis padres, mi hermana y yo; al fondo estaban las habitaciones de mi abuela (que la llamábamos mamá grande), y mi tío Beto.

Mientras jugábamos mi hermana y yo en el patio en las tardes por la ventana que daba al patio veíamos a la abuela cocinando tortillas de harina, que le llamábamos panochas. El comal sobre la lumbre recibía estos perfectos círculos de maza de trigo después de haber sido moldeadas por el palote en las manos arrugadas y cariñosas de mamá grande.

El tío Beto preparaba la lumbre con el carbón en un pequeño bracero, y ya encendido ponía a asar “machitos” que él mismo elaboraba con tripitas que adquiría en el mercado. Al poco tiempo nos inundábamos de humo sabroso combinado con el olor de las tortillas doraditas de harina. Ansiosos esperábamos los hermanitos que la abuela y el tío nos llamaran para saborear esas delicias. Acostumbraba mamá grande con una cuchara raspar a la olla donde hervía la leche recogiendo lo que ella llamaba arrumas, y las comía en una tortilla caliente de maíz con un poco de sal. De vez en cuando el tío nos ofrecía gorditas de maíz preparadas con sebo de res. Mmm..., hasta se me hace agua la boca sólo de recordarlas.

Al comenzar a oscurecer cambiaban los aromas en el patio por las florecillas del jardín y las macetas con el delicado olor de los jazmines, de la hierbabuena y la recedad. En noches de plenilunio, este pequeño patio me parecía el Edén bañado con luz celeste. Era la hora de salir la familia a sentarse en la banqueta que daba a la calle, los mayores en sillas y mecedoras. Mi papá encendía un cigarrillo “La Violetera” de hoja de maíz. Me encantaba verlo cómo lo enredaba en sus dedos y después lo aspiraba mientras alzaba la vista al cielo donde las nubes traviesas se deslizaban lentamente a un lado de la luna y las acompañaban las millares de estrellas que en ese entonces brillaban más, ya que no existía la contaminación de hoy, y el espectáculo nocturno era maravilloso.

Un solo foco en cada cuadra alumbraba las calles, sin embargo la gente se conocía en la penumbra y se saludaban como si estuvieran bajo la luz del sol.

Abuelita me sentaba en su regazo, me cantaba “Los maderos de San Juan, piden pan y no les dan, les dan un hueso, detracito del pescuezo…” y muchas tonadas más. El tío Beto tocaba guitarra y nos hacía cantar en coro canciones de Lara y de Guty Cárdenas.

La peluquería de don Chepo Bautista y la sastrería de don Victorio comenzaban a cerrar sus puertas y los vecinos a encender las linternas, lámpara y quinqués de petróleo porque la luz eléctrica todavía no podía acostumbrarnos, además de que don Carlos Galindo la apagaba muy temprano.

Mis amigos, casi todos hijos de las señoras que atendían las fondas y de las vecindades que circundaban el mercado, aprovechábamos las noches para jugar con cajitas de zapatos a las que les hacíamos ventanitas y le poníamos luz con una vela de sebo; decíamos que eran autobuses. Recuerdo me sentí inventor porque a las ventanitas les coloqué celofán de colores que les quité a las paletas de dulce en que venían envueltas.

Pasó la noche y comienza amanecer un nuevo día, y con él la actividad y los ruidos mañaneros que percibían mis oídos de niño. El pitido de la locomotora del tren que llegaba por la calle Niños Héroes hasta la Cinco de Mayo; el sonido de los molinos de nixtamal; el silbato de los despepites, Progreso y Maravillas, que llamaban a los trabajadores, y lo mismo el repique de las campanas de la iglesia llamando a misa a sus fieles. En ese tiempo la principal tracción de los carromatos eran los burros, y por la mañana se escuchaban el coro de rebuznillos haciéndoles segunda al canto de los gallos que celebran el amanecer rojizo del Astro Rey; también los gritos de viva voz de los que anunciaban camote calientito en jugo de piloncillo.

Muy temprano salíamos a traer leche bronca al establo de don Eladio Vázquez, leche recién ordeñada que al ponerla a hervir hacía gran espuma, después se convertiría en gruesa nata; era una delicia probarla con una tortilla y un poco de sal.

Mamá compraba café de grano y también lo ponía a hervir; aún recuerdo ese olor en la taza de peltre, y las deliciosas conchas de la panadería de enfrente.

Es un placer para mí escribir estos recuerdos de olor, sabor de mi niñez, en tiempos de mi abuela. Sé que comparto con muchos lectores de mi edad, y a la gente joven este relato les sirva para que conozcan cómo vivíamos sus antepasados, y el hoy lo recuerden después con cariño porque los tiempos nunca serán iguales.

Matamoros, Coahuila, julio de 2007.

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