En tiempos de la Revolución
- Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
- 30 nov 2016
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Los rayos del sol buscaban penetrar a través de los carrizos en la pequeña cocina del jacal, formando un abanico de constantes variaciones por el danzar del humo de la leña. En el centro, una pequeña mesa, un jarro de barro con frijoles y un pequeño molcajete con chile verde.
La vieja acababa de moler el nixtamal en el metate y atizaba la leña bajo el comal en la chimenea hecha de ramas y lodo. Constantemente se quejaba del dolor de espalda, a la vez que con un pequeño trapo se limpiaba las gotas de sudor que le perlaban la frente; su pelo era cano.
Al entrar por la puerta desvencijada, colgaba su rebozo de un clavo, y sobre el marco de ésta estaban amarradas de un pequeño listón rojo unas ramas de sábila y la pequeña imagen de un santo.
Calzaba huaraches y sus pies tenían grietas por el trabajo en el campo. Su sien tenía adheridas unas hojitas de hierbabuena bajo su paliacate; una comadre le había aconsejado se las pusiera para evitar el dolor de cabeza.
Trabajaba apurada en lo que era su rutina, preparar el humilde alimento para su hombre, que también tenía ya encorvada su espalda por los años y las rudas tareas que tenía que cumplir en su trabajo con el patrón; él era trabajador del establo de la casa grande.
Llegaba cansado y sediento. De la tinaja de barro, situada en una esquina sobre una piedra plana, quitaba la tapa hecha de madera y apuraba con gusto en un vaso de peltre abollado, el líquido, que le devolvería un poco de vida.
-¿Qué tal te fue con el patrón?, ¿ya no renegó porque no le curates a tiempo la pezuña a la vaca pinta?
-¡Pa´ qué preguntas, vieja! Aquí quiero olvidarme siquiera por unos momentos del mal humor del patrón. Ya sabes que anda encanijado por las sospechas que tiene de que Fabián, el Caporal, no sólo lleva a la señora a pasear en caballo a las orillas del arroyo… Tengo miedo de que se vaya a poner fea la cosa y vivamos una tragedia, pero pos eso pasa porque ellos están bien comidos y les sobra vida.
-Pos nosotros no estamos tan calmados, temo que tengamos represalias, ya vez que nuestros dos hijos nos dejaron pa´ irse a la Revolución por la inconfomidá en que vivimos. Pa´ mí que ya nos tráin entriojos.
-No te priocupes mucho, vieja. Nosotros ya estamos más pa’llá que pa’cá, y tantean que nosotros no podemos ni siquiera levantar ya una piedra pa’ defendernos.
-Todas las noches le rezo a la virgencita por ellos, y le compro su veladora pa’ que me los cuide; ya se me secan los ojos de tanto llorar.
-Por las mañanas que me levanto veo el camino por onde partieron hace varios meses; se me figura todavía puedo verlos a lo lejos cargando su tambiache y diciéndonos adiós. Pero al anochecer los mezquites y los árboles ya secos me asustan, pues me parecen monstruos de brazos y uñas largas que me quieren atrapar cuando veo su figura moverse con el viento alumbrados por la media luna, anunciando días de guerra y sangre.
-¡Pásame, vieja, el frasco que tiene mariguana con peyote!, porque ‘ora una mula me dio un patada en la rodilla. Frótame con cuidao, quién quite y se me aminore el dolor. Ya vez, el otro día se me curó la herida con telaraña con tierra que quitates de la viga.
-¡Pos te fue bien!, porque a mi compadre Atanasio le cortaron una pierna porque se le puso negra.
-Pero, ¡pos qué más hacemos, no tenemos pa’l dotor!, y éste sólo viene a la hacienda del patrón a aliviar a la señora, y otras veces a escondidas, cuando alivia a otra muchacha que puso panzona el señor.
-Bueno, vieja, vamos a cenar esos frijolitos, y luego a tratar de dormir, porque ya van varias noches que se oyen balazos a lo lejos y el ruido de la caballada del ejercito de Don Porfirio. Encomiéndate al Señor, y que sea lo que Dios quiera, ya vendrán tiempos mejores. Ojalá y que el sacrificio de nuestros hijos valga la pena…
Matamoros, Coahuila, julio 4 de 2008.
