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Era Nochebuena

  • Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
  • 24 dic 2016
  • 5 Min. de lectura

Era Nochebuena. Mi esposa y yo habíamos tenido un día de mucho trabajo. Fecha: Diciembre 24 de 1980.

Teníamos poco de iniciar el negocio de papelería y comenzaba a prosperar. El esfuerzo realizado nos permitió abrir –en lo que era la sala de mi antigua casa- nuestro primer aparador.

Para esas fechas vendíamos juguetes, y la papelería se transformaba en juguetería. Terminamos la venta como a las 10 de la noche. Dejamos a nuestros pequeños hijos durmiendo; ya habían jugado bastante con luces de bengala, tronando palomitas, cenando buñuelos con chocolate, y tal vez ya estaban soñando con los juguetes prometidos por Santa Claus.

Aprovechamos para saludar a mi suegra, mis padres y demás familiares, quienes nos surtieron de diferentes cenas acostumbradas en la Navidad.

Retornamos a nuestro hogar, y mientras mi esposa preparaba la mesa con lo que trajimos, yo me fui a la tienda a dar una ordenada al resto de la mercancía que quedaba por vender, porque al día siguiente era Navidad.

Al estar acomodando los juguetes del pequeño aparador me llamó la atención un niño de escasos seis años que pegaba su carita en el vidrio helado de la vitrina; sus ojos veían con ansia una troquita, y sus manos –a través del cristal- querían alcanzarla.

Seguí con mi tarea, y el niño de aspecto humilde, ojos tristes y pelo desaliñado continuaba ahí, viendo mi actividad. Entonces decidí hablarle a mi esposa para preguntarle al niño qué andaba haciendo a esas horas de la madrugada con tanto frío. El niño contestó con cierto temor: “Vengo de buscar a mi papá”. Nuevamente preguntamos “¿Y lo encontraste?”. Movió la cabeza afirmativamente. “Está a la vuelta de la esquina en el Club Verde, tomando con sus amigos. Me corrió y me mandó a dormir. Fui porque mi mamá me mandó por él”.

-¿Ya cenaste?

-No.

-¿Qué te trajo Santa Claus?

-Nada.

A mi señora y a mí se nos hizo un nudo en la garganta y pensamos en nuestros pequeños, y en el que acababa de nacer en el pesebre y recibía regalos de los Santos Reyes. Lo invitamos a pasar al comedor y cenó con nosotros. Él lo hizo apresuradamente porque le dijimos que cuando terminara le íbamos a regalar la troquita de sus sueños. “Váyase a su casa directo a dormir”.

Lo despedimos en la puerta, y mientras percibíamos el olor a hojas de tamal que inundaba la calle iluminada por foquillos de colores, vimos su figura corriendo perdiéndose en la oscuridad.

Nos retiramos a dormir con una grata sensación de satisfacción, pero también de tristeza de saber que existen muchos hogares donde no llega la Navidad.

La Navidad es una mezcla de estos sentimientos: alegría, tristeza y recuerdos. Casi siempre para nosotros es temporada de mucho trabajo.

Recuerdo el Diciembre de 1997, cuando estaban en pleno auge las posadas. Habían pasado ya los primeros días del mes con sus peregrinaciones a la Virgen.

No sé por qué causa no entregamos la despensa a la Iglesia como lo hacemos cada año; tal vez por nuestro trabajo o por otros compromisos. Y ahí, en un lugar de la casa, estaba la despensa.

Esa mañana, como todos los días, llegó don Pedrito a entregarnos el periódico, pues a eso se dedicaba. Viejecito de barbas sin arreglar, pero con su eterna sonrisa que se les dibuja a los inocentes y a los humildes de corazón.

Él venía desde el rancho llamado El Olivo. Se venía a pie todas las mañanas cuando aún no nacía el sol.

-¿Cómo amaneció, Pedrito?

-Bien, gracias a Dios.

-Oiga, ¿quiere una despensa?

-Pues sí.

Y cuando se la quise entregar, exclamó con tristeza: “Siempre no, porque no la puedo cargar hasta el rancho”. –Venga, lo llevaremos en mi carro.

Me acompañaron tres de mis cinco hijos hasta El Olivo. Nos dimos cuenta que él vivía casi a la intemperie bajo una lona; ésa era su recámara.

-Oiga, ¿y quién vive en esos dos cuartitos de al lado?

-Mi hijo y su familia; los dejo para que sus niños y su esposa no tengan fríos.

Nunca se me olvidarán sus palabras de agradecimiento y bendiciones, y su mano levantada diciéndonos adiós mientras nos alejábamos por aquel camino polvoso.

Por último quiero narrar otro acontecimiento del 12 de Diciembre en el inicio del nuevo milenio, vivido junto con mi esposa Maricela.

Ella tenía varias semanas delicada de salud, con los males propios de la temporada. Esa noche fría de Diciembre llamaban las campanas de la Iglesia a Misa de Gallo para dar Mañanitas a la Virgen Guadalupana.

-¡Vamos a saludar a la Virgen!

-Pero si estás enferma, y salir te puede complicar tu salud.

-Aún así, tengo ganas de ir a la Iglesia.

Nos abrigamos con sendas chamarras y bufandas, y partimos. Durante ese año que estaba por terminar, a mi negocio acudía una viejecita a comprar papel para hacer flores, pues de eso vivía, y en algunas ocasiones le regalábamos el papel que tenía algún defecto para que ella vendiera sus ramitos.

A pesar de su avanzada edad, denotaba mucha viveza en sus ojos; sus movimientos todavía eran ágiles. La divisé en la misa, y cuando nos tocó el Saludo de la Paz, fuimos hasta el lugar en que se encontraba. Nos llamó la atención su colorido atuendo de indita, pero más nos sorprendió verla descalza. Así había peregrinado y venía a ofrecer sus ramitos a la Reina de los mexicanos.

Terminada la misa y las Mañanitas, procedimos a retirarnos. Era como la 1:20 de la madrugada. De prisa caminamos por las calles, por las que corría un vientecillo helado, y en una esquina que vemos a este personaje, estaba parada con actitud indecisa frente al mercado. Nos acercamos a ella y le preguntamos: “¿No tiene miedo de andar sola a estas horas? ¿No anda usted perdida?”. En la penumbra no nos contestó de inmediato, pero después de identificarnos, tomó confianza y dijo: “Espero que alguien me dé un aventón a mi casa, vivo por Los Mercaditos”. Nos invadió un sentimiento de ternura, la abrazamos queriendo darle un poco de calor y la llevamos con nosotros a tomar un cafecito con leche y pan.

No quisimos dejarla irse sola a su casa y busqué un carro de sitio, pero no lo encontré. Dudé un poco, lo confieso, pero luego me decidí a sacar el carro de la cochera. La llevamos a su casa, de la cual nos dio perfectas señas de dónde vivía. La dejamos, no sin antes pedirle su bendición, cosa que hizo con una pequeña oración, y al retirarnos se nos figuró –entre los arbolitos de su banqueta- que le habíamos dado raid a la virgencita.

Escribí estas vivencias por considerarlas un regalo de Dios hacia nosotros, dándonos la oportunidad de servir a los demás con sinceridad y cariño. Hoy nos sentimos recompensados con sus bendiciones. Para actuar así, no tenemos que esperar a Diciembre; tenemos 365 días del año para hacerlo.

¡FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO AÑO NUEVO!

Matamoros, Coah., 23 de diciembre de 2007.


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