¿Qué falta, papá?
- María Carolina
- 27 ene 2017
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Marianela corría entre los escalones de piedra de aquella colonia humilde donde vivía. A sus 8 años era una niña alegre y despierta. Sus delgados pies eran ágiles y corrían al oír cualquier grito de las vecinas que la solicitaban para hacerles mandados o traerles agua desde lejos y llenarles sus tinajas o baños cuando lavaban la ropa, y esto era muy frecuente; así ayudaba Marianela a su madre, ya que en su casa había muchas necesidades económicas.
Marianela tenía tres hermanos más (dos varones y una hermana), los tres mayores que ella, quienes también apoyaban a la casa haciendo distintas labores, contribuyendo así al gasto familiar ya que el papá frecuentemente tomaba y con poco aportaba al hogar.
No obstante, era un hombre bueno y amaba a su familia, pero su debilidad por la bebida podía más, y muy seguido los cuatro hijos, avisados por conocidos, iban por su padre y lo llevaban casi cargando con amor y respeto hasta su cama cuando él ya no se podía sostener.
Pero a pesar de todo, Marianela crecía sana y feliz y consideraba que su vida era normal.
Dos veces por semana la ocupaba una maestra de la siguiente colonia para hacer aseo en su casa, lo que Marianela hacía con gusto mientras observaba con admiración las figuras de cristal cortado que la maestra tenía en una vitrina; sobre todo aquella japonesita que con su kimono y paraguas parecía mirarla desde su lugar.
Era maravilloso ver todo aquello que la maestra compraba para adornar su casa y así se deleitaba Marianela, admirando aquello que parecía ser de otro mundo tan distinto al suyo.
Pero contrario a este trabajo, existía otra casa que Marianela detestaba; otra a la que iba por necesidad. En ella vivía Gabina, quien se burlaba de todos los vecinos y hacía chismes grandes. Era altanera y cruel, y al mencionar a su padre lo llamaba con desprecio “el borracho”. Marianela lo sabía; a él le gustaba la bebida, pero era su padre y lo amaba, además ¡era tan bueno!, y lo demás no importaba.
Por las tardes Marianela asistía a la escuela, le fascinaba aprender todo cuanto le enseñaban, y al regreso, hacer la tarea, que era la prolongación de lo aprendido ese día.
Y después, la reunión con sus amiguitas, a las que les contaba que Dios había reunido todo el cristal cortado y había llenado la luna y así alumbraba cada noche sus juegos infantiles. Además les decía que también encerró en ella todas las lágrimas para que nadie llorara nunca, y lo decía con tanta sinceridad que aquellas niñas la escuchaban imaginándose todo aquello.
Luego se escuchaba el grito de sus padres llamándolas a cenar y terminaban la reunión para comenzar la más importante, la cena familiar, y ahí, el alimento, la plática y la risa sincera de los que no necesitan decirse que se quieren, porque en todo momento se lo demuestran.
Y a la mañana siguiente, vuelta a comenzar, y lo que gusta, no cansa, no provoca miedo ni tristeza, al menos eso pensaba Marianela en su hermosa inocencia.
Cada diciembre era distinto. Vivir las posadas, las piñatas, los Nacimientos, las esferas en los pinos con sus luces de colores, anuncios luminosos por toda la ciudad, y lo mejor para los niños, los bolos bien surtidos con cacahuates, dulces y tejocotes, naranjas y tal vez algo más.
Luego el 25 de diciembre, saborear con calma los guisos de la noche anterior, platicar lo sucedido, un año más celebrando el nacimiento del NIÑO JESÚS, y luego salir y ver a los demás niños y niñas jugar con los regalos recibidos y esperar a ver si los prestan por un momento, sólo un momento, para imaginar que esa noche maravillosa también se recibió algo.
Marianela abraza una pelota pequeña que compró con sus escasos ahorros, mientras su papá está tomado en la otra habitación.
Hoy no sabe por qué, pero está triste. Raro en ella, porque su alegría viene de adentro y brota como los manantiales; pero hoy se siente distinta.
Y así, jugando con su pelota, la encuentra Gabina quien le dice con animación que le tiene un regalo y Marianela le cree, porque todo el año la ayuda y con ansiedad la sigue y recorren las casas hasta llegar a la de Gabina. Ella abre y Marianela entra emocionada tratando de imaginar qué será ese regalo. Y al llegar le dice Gabina: “Toma, ¡ábrelo!”, y le da una caja rectangular envuelta con papel y moño rojos. Marianela apenas puede esperar y rompe el papel y quita el moño y se sorprende dolorosamente al encontrar en su interior sólo basura, y al tiempo que brotan sus lágrimas, Gabina lanza una carcajada que le desgarra su alma de niña, y Marianela siente como si aquella japonesita de cristal cayera al suelo y se rompiera en mil pedazos, y la luna se vaciara para dejar escapar todas las lágrimas que ahora brotan de sus ojos.
Y ahora corre, corre hasta llegar a su casa, donde no entienden qué le pasa. Y la abrazan y consuelan sin saber qué le hicieron o qué la puso así. Hasta que entre llanto y palabras entrecortadas les cuenta, y al saber qué pasó, su padre la abraza y reacciona, y se culpa pensando que por no pensar en sus hijos y comprarles un regalo es que ha pasado esto. Y su mamá la besa y le explican que hay personas que no pueden dar amor si no lo recibieron o nadie se los enseñó.
Pero con lo sucedido, su padre promete cambiar y no se separa de Marianela, y ella ve cómo su padre deja correr su llanto y esto lo engrandece ente ella.
Después, Marianela no volvió a ser la misma. Su ingenuidad e inocencia cambiaron. Se dio cuenta que también en el mundo hay gente con malas intenciones, indiferente, distinta a la que ha conocido, y además hacen mucho daño. Y tal vez por eso la Navidad ya no es esperada por Marianela. Las posadas y la gente recibiendo a los peregrinos, los Nacimientos y la algarabía popular ya no le provocan emoción; sólo la unión, el cariño y la paciencia de su familia ayudaron a Marianela a salir de su tristeza.
Tres años después las Navidades ya son diferentes. Marianela y su familia ya viven en otra colonia, y a base de trabajo y constancia han mejorado económicamente. Su papá dejó de tomar, ahora atiende una tiendita de abarrotes que entre todos pusieron, y como cada año, hacen las compras de la temporada y Marianela le pregunta a su papá: “¿QUÉ FALTA, PAPÁ?”. Y él le responde: “PERDONAR, MARIANELA, TE FALTA PERDONAR”.
Cinco años después, Marianela recuerda a su padre que ya no está, que se fue una mañana de noviembre, y también piensa en el motivo que lo hizo cambiar y dejar de beber. EL AMOR POR SU FAMILIA Y SU DOLOR DE NIÑA AQUELLA NAVIDAD, y no puede evitar llorar al recordar sus palabras: “PERDONAR, MARIANELA, TE FALTA PERDONAR”.
Ahora Marianela se casó y su mamá y hermanos están en una situación más estable, y hoy la Navidad promete ser más hermosa ya que estarán todos reunidos, y su esposo y sus hijos hacen más esperada esta Nochebuena. Y al preguntarle uno de sus hijos: “¿QUÉ FALTA, MAMÁ?”, se sorprende contestando lo mismo que su padre: “PERDONAR, HIJO, NOS FALTA PERDONAR”.
Después de esa noche maravillosa en familia, al día siguiente Marianela camina por su antiguo barrio, ahí donde corría descalza para cuidar los zapatos de la escuela. Ella lleva un regalo bajo el brazo que envolvió con dedicación con papel y moño rojos, y sus pasos se detienen en casa de Gabina.
Toca la puerta y Gabina le abre, y Marianela se da cuenta que ya no es la misma, camina con mucha dificultad, la edad y la enfermedad le han vencido y está sola, y al verla la reconoce y la abraza y llora como una niña y le platica que ya murieron sus seres queridos, y Marianela siente algo parecido a la compasión.
Marianela le da el regalo y Gabina lo recibe, pero duda en abrirlo recordando todo el daño que hizo con su forma de ser. Por fin lo abre y descubre en aquella caja ¡un hermoso suéter! que la cubrirá del frío, y Gabina le agradece el detalle y le pide que regrese a visitarla. Marianela la abraza y llora, pero ahora de alegría, porque ¡SE HA RECONCILIADO CON LA VIDA!
Marianela se despide prometiendo volver. Ahora comprende que lo que hizo Gabina fue muy triste para ella pero ya está arrepentida. Ahora entiende que LA NIÑEZ ES SAGRADA Y DEBE SER RESPETADA Y VALORADA COMO EL MÁS PRECIADO TESORO, Y NO SOMOS NADIE NI TENEMOS DERECHO A ROMPER LAS ILUSIONES DE LOS DEMÁS.
Marianela comienza a caminar. Se siente realizada y feliz, casi siente a su padre a su lado tomando su mano, y ella le pregunta: “¿QUÉ FALTA, PAPÁ?”. Y él le responde: “¡YA NO FALTA NADA, MARIANELA!”.
Cuento de:
María Carolina
Diciembre 2016