Navidad en mi barrio
- María Carolina
- 27 ene 2017
- 5 Min. de lectura

Es 24 de diciembre, en mi barrio todo es algarabía. Desde temprano me mandaron hablar para que inicie los rosarios; hay gente por todos lados. Llegan los familiares de los que aquí vivimos a pasar esta noche hermosa con nosotros. Unos son profesores, otras enfermeras, otros empleados de oficina, pero aquí somos todos iguales. Nadie olvidó que aquí nacieron y llegan con sus hijos o solos, pero todos son bienvenidos.
Desde por la mañana suben y bajan con el cargamento de cerveza, las que vuelven a surtir en la tienda ya que tienen que darse “valor” para hacer los bolos o ayudar a hacer la cena que repartirán después del rosarlo, y luego, el baile hasta amanecer.
A los dos lados del callejón, yendo hacia arriba, hay casas, y mi hermana y yo nos divididos para rezar los rosarios. Ella al lado derecho y yo el izquierdo, para terminar antes de las 12 y llegar a nuestra casa a acostar nuestro Niño Dios y hacer tiempo para que llegue mi hermano el trailero y recibir todos juntos la Navidad.
Mi papá y mi mamá, animosos, mueven las figuras del Nacimiento de un lado a otro. Hoy no pelean, hasta bromean. Mi papá desaloja la mesa y la limpia, se prepara porque ya sabe que comenzarán a mandar los vecinos buñuelos, tamales, atole, carne asada o lo que esta noche se les ocurrió hacer y repartir para la cena.
Mayela no se me despega, y se le ocurrió pegarse a mi grupo que inició en la última casita que ya está en pleno cerro. Está hecha de cartones y láminas y las repisas no son sino rejas de las que desechan en el mercado, pero las han pintado y de ahí bajan con mucho cuidado al Niño Dios, el que acomodan con las demás figuritas, por cierto muy maltrechas. Es aquí cuando me inquieto porque al finalizar el Primer Misterio tengo que cantar un villancico y la verdad el canto no se me da, la que canta muy entonadito y hasta le hace falsete es mi hermana, pero ya se fue por su lado. Y al terminar de cantar oigo a mis espaldas a Mayela, que es la burla en persona y que hincada se ladea de un lado a otro porque también está celebrando desde temprano y comienza a decirles a los presentes: “¡Coryna canta feo de a madre!”, y no puedo evitar reírme, porque esta noche es para eso, para disfrutar.
En esta casita nos sientan entre bloques que nos sirven de sillas y nos dan café y tamales, y desde lo alto se aprecia muy bien a lo lejos las luces de la ciudad y sus edificios, y pienso que esto no lo cambio por el mejor de los restaurantes. La amabilidad de esas personas me hace comparar el despotismo y amargura que poseen las personas que gritan su título pero sin sentimientos ni educación alguna. ¡Estoy feliz! Me siento realizada esta noche, aquí, al lado de los que poco tienen y ofrecen generosamente eso y mucho más.
Una veintena de niños y los padres de ellos nos siguen y nos despedimos y damos las gracias y continuamos a la casa de abajo.
Aquí, Neto es el señor de la casa. Su mujer se siente apenada porque Neto no entiende que debe bajar el volumen de la grabadora que “él se acaba de regalar” con mejor sonido, y no deja de poner su canción: “Maruja, tú tienes qué comprender que yo no nací para una mujer…”. En vano intentamos explicarle que necesitamos silencio para la oración, pero vuelve a preguntar con los ojos extraviados y tomándole a su gerolán (como llama a su cerveza), “¿Pero por qué?”. Terminamos llevando al Niño Dios al último cuarto y allá le rezamos, y al terminar, a gritos pide adorar al Niño, y su bolo, el que abraza, con él sigue bailando su canción.
Llegamos a la casa siguiente donde viven las hermanas Fernández. Viven en casas diferentes, pero en una de las casas hacen su fiesta y es aquí donde estamos. Nos dijeron que lleváramos recipiente porque repartirían, aparte de los bolos, menudo. Inició el rosario con la gente que me acompaña, ellas también no se pueden equilibrar y desde sus sillas contestan el rezo. Una de ellas me pide por favor reparta el bolo, y con la mirada intentan ubicarnos. Luego la más joven, de unos 32 años, se levanta y dice que servirá el menudo. Le decimos que la ayudamos, pero insiste en que puede. Se sienta a un lado de la olla y al servir el primer cucharón, la pata de res y las pancitas van a dar al piso entre las carcajadas de los presentes y la anfitriona, quien termina por decirnos: “¡Despáchense solos, no me puedo levantar!”.
Detalles chuscos pero en armonía, que se ven muy seguido en mi barrio.
Este día, los que pelearon en el año, se olvidan por qué fue el disgusto y se abrazan y estrechan sus manos en un arrepentido silencio donde reina la sinceridad.
Por fin, después de muchos detalles parecidos, llegamos a nuestra casa. Ya mi papá nos espera impaciente con la mesa llena de tantas cenas que los vecinos comparten con nosotros. Traemos mi hermana y yo muchos bolos. Ya llegó mi hermano el trailero, y toda la familia está presente e iniciamos nuestra oración y la gente que nos ha seguido hasta ahí comparte con nosotros la unión familiar, y es aquí, en nuestro hogar, que dan las 12 y nos abrazamos todos y nos deseamos lo mejor.
Repartimos los bolos y tamales y damos gracias por estar juntos y sanos y por lo más importante: EL NACIMIENTO DEL HIJO DE DIOS.
Al día siguiente, lo más rico: el recalentado. Los niños del callejón juegan con lo que les trajo Santa Claus. Los adultos apartamos los cacahuates de los dulces. Ya nos enteramos que una de las hermanas Fernández, bailando se cayó de un escalón y trae un golpe en la frente, pero de arriba nos sonríe feliz. La cruda general se ha dejado sentir y comienzan de nuevo a subir y bajar las caguamas; primero llenas, luego vacías y vuelta a empezar.
Hoy supimos que a Neto no le entran los zapatos después de tanto bailar “La Maruja”.
Ya como a la una de la tarde se comienzan a despedir los invitados de cada año y prometen regresar la próxima Navidad.
Y sé que lo harán, como vienen todos cada año a celebrar, a recobrar por una noche esa niñez que quedó estacionada en ese callejón de mi barrio amado y que está atrapada entre los escalones de piedra, en los abrazos de los viejos, en la felicidad de los amigos, en cada casa, en cada pared, en cada puerta.
Diciembre 2016