Vacaciones de Semana Santa
- Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
- 30 abr 2017
- 2 Min. de lectura

Me gusta apreciar la vida y lo que ella me ofrece. Vivo en un mundo maravilloso y me contento al saber que mis cinco sentidos lo perciben. Disfruto salir de paseo a donde quiera, visitar modernos conjuntos de tiendas que nos muestran tecnología, muebles, aparatos, cosas que nos hacen más fácil la estancia, espectáculos siderales en los cines que encienden la imaginación y edificios con escaleras eléctricas de cristal que nos transportan a otras dimensiones.
Sin embargo, el viaje al campo, palpar la naturaleza, es el mejor regalo que me puedo dar, cuando junto con mis seres queridos, mi familia y los amigos en equipo, nos llenamos de algarabía y música.
Las incomodidades que sufrimos al querer dormir a la intemperie, en la Van o en la casa de campaña, se minimizan cuando a cambio gozamos un aire puro, el canto de las aves al amanecer, la bruma fantasmal que avanza lentamente entre la arboleda, el murmullo del viento, el agua fresca de la Ciénega o de la alberca, el olor a pasto y hierba nueva, el aullido lejano de animales silvestres y salvajes en la sierra a la luz de la luna, el perfil de los cerros que se visten de tonos oscuros azulados y púrpura al anochecer, el cielo abierto con el cintilar de millares de estrellas. Amaneceres y ocasos, son espectáculos que podemos admirar todos los días y que en el campo, en la sierra y el desierto se admiran majestuosos, brindándonos colores insospechados.
La escurridiza lagartija, el óxido de las piedras y la tierra, nos acompañan en el ascenso al cerro. Al escalarlo, qué placentera experiencia disfrutamos, y qué gran sensación de éxito es llegar a la cima y descansar.
En nuestra visita a Cuatrociénegas, Coahuila, conocemos un lugar ahora llamado “Las Playitas”, que antes era conocido como “El Marecito”. A primera vista me impresiona, pues es un increíble oasis en medio de un enorme desierto. Frente a mí, tiene la apariencia de un mar tranquilo de aguas azules y cristalinas. Existen pececillos únicos en el mundo, y a su alrededor domina el impetuoso desierto, con su árido paisaje y sus plantas especiales, ejemplo de sobrevivencia por contar tan sólo con la humedad del viento y las esporádicas lluvias. El color de su tierra es blanca, salitrosa. En la noche, y a la luz de la luna, se embellece su horizonte; en contraste, a su lado, el pequeño mar de suaves olas quiebra la luz del lejano pueblo.
Aquí en la Comarca Lagunera excursionamos a las Dunas de Bilbao. Su arenisca quema las plantas de nuestros pies, que gozan con la hermosa sensación de andar descalzos. Nuevamente la familia, jugamos rodando desde las alturas de las dunas, bañándonos con sus arenas. Nos sorprende un aire fuerte, la clásica tolvanera del mes de marzo, que tierra y arena juntas provocan que recojamos nuestro improvisado campamento para retornar a casa. Mientras viajamos en el automóvil, la alegría de este paseo, al ver los rostros blancos, aterrados y despeinados de los nietos, que ríen y cuentan sus experiencias, corona estas Vacaciones de Semana Santa.
Matamoros, Coahuila, abril de 2002.