Carta a Héctor
- María Carolina
- 1 jun 2017
- 3 Min. de lectura

Esta carta la escribí pensando en mi amiga Rosa Elena; tantos años de amistad me hicieron sufrir junto con ella su infortunio, hasta que al fin entendió.
Héctor:
Mi amor de siempre, el dueño de mi corazón, por el que hubiera dado hasta la última gota de mi sangre, te escribo esta corta, hoy que por fin veo la luz del entendimiento.
Me casé contigo y al principio todo fue felicidad y palabras dulces, pero eso duró tan poco, cuando empecé a conocer tus malas acciones y tus golpes... por nada.
Sin embargo te quería tanto que todo te disculpaba. Me acostumbré incluso a andar siempre con moretones y a decir mentiras en cuanto a ellos (me caí, me resbalé, me pegué al abrir la puerta, etcétera) y me negué a ver la lástima en los ojos de los demás y a leer la verdad que todos descubrían en mí.
Llegabas después de tus arranques de furia tan arrepentido (al menos eso creía yo), y con tanto amor me curabas las huellas de tus golpes, me aplicabas pomadas y me besabas donde pensabas que dolía más, que yo con gusto hubiera soportado que me siguieras martirizando, sólo por esos momentos de gozar un poco más de tu consideración momentánea.
Hasta que desperté en el hospital y aquella doctora me explicó que eso iría en aumento hasta que consiguieras matarme. Hoy agradezco a Dios dos cosas: la dureza de esa doctora al hablarme y hacerme entender (y hoy es mi gran amiga), y el no haber tenido hijos, por los que tal vez te hubiera seguido soportando.
A escondidas tuyas y con mucho miedo comencé a ir a terapia, ahí me enseñaron a amarme, tanto que hoy comprendo quién eres: un ser enfermo que me enfermó más a mí y me esclavizó a su manera y me hizo olvidar lo maravillosa que es la vida cuando vivimos al lado de una persona que nos ama de verdad, que nos valora y respeta.
No entendiste cómo me di valor para alejarme de ti y ver cuán pequeño eres, pues te negaste a recibir atención y me juraste que la enferma era yo.
A tres años de distancia, ya divorciados, y habiendo rechazado toda comunicación contigo, le doy gracias a Dios de haber salido de la oscuridad y ver la luz del sol y encontrar los colores de la Primavera.
Te quise mucho, y me costaste muchas lágrimas, ¡pero me amo más a mí misma como persona!, y la gente como tú no cambia ni mejora.
Y hoy, después de muchas mañanas sin pesadillas, veo mi rostro y ya no hay moretones. ¡ESTOY VIVA! Escapé de esa muerte voluntaria en la que sin saber me involucré, sólo porque me enamoré de un tipo como tú.
Voy a continuar. Sé que esto es mi comienzo. Tengo ilusiones, ya estoy estudiando, ¡seré psicóloga! Y ayudaré a personas que como yo estaban dispuestas a morir sin metas.
Si me lo permiten, hablaré en las escuelas, daré pláticas, conferencias, lo que sea necesario para que las jovencitas no abandonen sus estudios sólo porque caen en garras de personas desquiciadas que ni siquiera se aman a sí mismos.
Contaré mi historia y me sentiré satisfecha si detengo a alguien de hacer una tontería como la que yo cometí, y si salvo a una persona, nada me hará más feliz.
Hoy ya tengo un trabajo y lo desempeño de la mejor manera. Me siento útil; no, ¡SOY ÚTIL!
Que seas feliz, Héctor, de verdad lo deseo, porque YO, YA LO SOY… ¡SIN TI!
Rosa Elena
Enero 2017