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Licantropía (Hombres Lobo)

  • Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
  • 23 ago 2017
  • 7 Min. de lectura

Ensayo de cuento basado en una radionovela de los 70s


En un lejano pueblito incrustado en medio de una selva del México antiguo, donde el anochecer se adelantaba por el follaje exuberante, y tras las montañas, que por minutos resplandecía la despedida del sol reflejaba sus últimos rayos en las nubes densas, las aves regresando a sus nidos escondidos entre las ramas y las parvadas y manadas de diferentes animales provocaban un ruido escalofriante y ensordecedor cuando les cubre las sombras de la noche y... presienten peligro.

En las chozas cercanas a unas turbias Ciénegas, las mujeres se persignaban y murmuraban entre sí. Ya tenían tiempo de haber pintado con cal cruces en las puertas y ventanas, colgándoles ristras de ajos, y frente a las imágenes de los santos encendían veladoras, rezando con sus familias.

Comentaban en voz baja entre sí sobre la casona vieja y tenebrosa, que tenía tiempo abandonada por sus antiguos dueños huraños y solitarios, que en forma inesperada desaparecieron.

Les intrigaba que dos mujeres de sendos vestidos negros y cubierto sus rostros con un velo del mismo color, habían llegado de no sabían dónde, y que se posesionaron de esa antigua edificación, de paredes derruidas y chorreadas por las lluvias, rodeada de ramas espinosas y cubiertas de muérdago. Se asustaban los que se acercaban al lugar por un perro negro enorme de ojos fluorescentes y de hocico con enormes colmillos, de done salían graves gruñidos, animal que las nuevas habitantes lo tenían cuidando y resguardando para alejar curiosos que se acercaban para ver ese lugar.

Sobre el tejado se dejaban ver al oscurecer cantidad de murciélagos que llegaban a posarse después de salir de las cuevas cercanas a ese lugar, dando lugar a aumentar el miedo de sus vecinos.

Un joven apuesto y valiente, recién llegado al pueblo, se dio cuenta de esas murmuraciones, y después de poco tiempo les comentó que eran puros cuentos y suposiciones de su gente, y que iba a saludar por curiosidad a las hermanas misteriosas, para conocerlas. Y así lo hizo, recibiéndolo en la puerta una de ellas, que al verla se impresionó por su belleza, pero advirtió una marcada palidez en su rostro y sus dos ojos tenían ojeras oscuras. Logró ver desde la puerta el interior de su casa a la hermana también, misteriosa, que con su velo casi transparente lo movía haciéndolo volar, pero totalmente callada, y que le lanzó una mirada lasciva.

La recepción no quedó ahí afuera, la que le abrió la derruida puerta lo invitó a pasar, con una inusitada y sorprendente acción de desnudarse delante del hombre, quedando éste por lo pronto impávido cuando ella comenzó a acariciarlo lúbricamente. Ante los ojos envidiosos de rabia, la hermana que los observaba desde el lecho, ésta repentinamente por celos, rabia y deseo, se abalanzó sobre la hermana, transformándose las dos en dos bestiales lobas peleando por la víctima, momento que aprovechó aquel hombre para retirarse aterrado y aturdido al ver la transformación de las dos bellas en bestias, mientras dentro de la casa se seguían escuchando los gruñidos de su feroz pelea, aprovechando esto para huir entre las sombras. Conmocionado por los gestos sensuales y lujuriosos, su visita duró solo unos minutos porque él sintió una mezcla de sensaciones de deseo y a la vez repulsión, al ver sus metamorfosis y la mirada de aquellas extrañas mujeres hambrientas de sangre y sexo.

Se apoderó de terror y miedo experimentando una inestabilidad emocional por su encuentro.

Con sentimientos encontrados, prometiéndose no volver a visitarlas por recordar que el rostro, aunque bello, cambió a sanguinario, impresionado por la transformación de las dos bestias en celo.

Esa noche en su cama mientras quería conciliar el sueño, llegaban a sus oídos voces lejanas y sugerentes que le invitaba a regresar por entre la selva a acudir de nuevo, pero no cedió a ese llamado largo y vibrante, parecido al aullido del lobo mientras que la luna llena avanzaba entre las nubes.

Antes de esto él tenía tiempo de ya haberse comprometido con una linda jovencita de ese lugar.

Las bestiales mujeres, a pesar de su desplante, quedaron impresionadas de aquel joven a quien ansiaban tenerlo entre sus brazos, y ya desesperadas porque nunca volvió, casi se volvían locas de deseo, compartiéndolo con su hermana, que también se envolvió en un desesperado deseo insano por aquel fornido hombre.

Para esto, unos días antes de los referidos sucesos, debido tal vez a su soledad, una noche después de consultar un libro viejo de hojas amarillentas que narraba cómo invocar al demonio, una de ellas, bajo la luz de un quinqué donde la llama de éste parecía bailar frenéticamente entre el cristal del bombillo, después de leerlo cerró sus pastas, salió presurosa desnuda cubierta solamente con su velo negro traslúcido.

Esa noche era tormentosa, el cielo se iluminaba constantemente por las descargas eléctricas del rayo que surgía de los nubarrones, retumbando los truenos en la montaña cercana. Sin embargo eso no desanimó su decisión, y atravesando por entre la selva bajo la luz intermitente de los rayos, pues conocía ese terreno, parecía que no pisaba suelo, y deslizándose hacia un lugar que le llamaban el “lunar”, donde no había crecido nada, con el velo ya pegado a su cuerpo por la lluvia que había caído sobre de ella llegó a ese lugar, deshaciéndose de él, mojado, y quedando totalmente desnuda.

En ese espacio, que llamaban el “lunar”, porque en ese lugar no crecía la hierba y la lluvia no caía pues había una barrera invisible que la impedía, comenzó a dibujar con una vara una estrella de seis triángulos y a su alrededor un círculo, y comenzó a invocar a satanás con un lenguaje inteligible, tal vez ofreciéndose para desposarse con él a cambio de obtener los amores de aquel joven.

Un rayo de gran luminosidad con llamas destellantes cayó repentinamente en ella, y la tomó, teniendo éste casi forma humana, envolviéndola y elevándola sobre el suelo en un rito maligno de entrega, como si fueran dos cuerpos de amantes llenos de deseo flotando como en un torbellino.

Pasaron algunas horas de esta escena maligna, y ella de rato despertó viendo algunas quemaduras en su cuerpo y cuello, pero se dio cuenta que no le dolía nada, sólo tenía una sensación de inmensa satisfacción.

Cuando emprendió el regreso, se dio cuenta que estaba ágil y que se sentía poseída de una fuerza extraordinaria en sus dos piernas.

Llegó a su lúgubre casa, la hermana se conmocionó ante el espectáculo de ver el cuerpo de su hermana, mientras ésta, sin decir nada, se encerró en su dormitorio durante más de cuatro días, con la desesperación de su hermana, que descubrió en el viejo escritorio el libro de maldad, y también se dispuso a leerlo en esos cuatro días. Ella escuchaba a través de la puerta los quejidos, balbuceos y gruñidos como de dos bestias en celo, preguntándose ésta: ¿pero sí nada mas está ella sola?

Al quinto día, salió de su cuarto la desposada, con una sonrisa de satisfacción en su faz, y le participó su experiencia a su hermana, contagiándola de deseo. La hermana sintió ganas de experimentar el mismo rito procediendo a hacerlo sin ningún recato.

Determinaron las malvadas ir al pueblo a saciar sus instintos, y a medida que corrían hacia el pueblo en la oscuridad, eran seguidas por innumerables murciélagos que fueron testigos de que en el camino éstas se fueron transformando en unas lobas hambrientas y que podían saltar y esquivar rápidamente la arboleda, mientras seguida por su hermana, encontraron a un labriego, y transformándose en atractivas hembras lo sedujeron, para después, convertidas de nuevo en lobas, destrozaron su cuello y comiendo su corazón, para luego retirarse a su madriguera, entre las sombras de la noche que se producen a través de la arboleda por los rayos de luz de la luna pasajera. Estas acciones se repitieron durante algún tiempo.

Mientras, el joven vivía junto con el pueblo gran temor por las muertes que seguían apareciendo por la periferia del pueblo y por su tenebrosa experiencia.

En el centro de ese poblado, en lo alto de la cúpula de la iglesia, había una cruz que protegía celestialmente a sus habitantes, que cuando las endemoniadas querían acercarse, se retiraban, ya que la sola presencia de la cruz iluminada las ahuyentaba.

Estos aberrantes asesinatos solían pasar en las noches de luna.

Por el día, la casona estaba totalmente cerrada, sólo el enorme can deambulaba por las cercas espinosas bajo el viento feroz que movía con furia la tupida maleza.

En otro poblado cercano, las personas no salían al oscurecer porque en sus tejados habían llegado cientos de murciélagos que rondando dibujaban su silueta a travesando la luna llena, ensombreciendo las tardes.

Una noche decidieron los habitantes ir a incendiar la vieja casona. Ya sospechaban que de ahí provenía todo el mal que los asediaba, y armados con sendos mechones provocaban un espectáculo de luces naranjas en medio de la oscuridad que al arder con el aceite formaban fumarolas. Los hombres, avanzaron temerosos tras de aquel joven, gritando y rezando con sus escapularios colgando de su cuello, y otros con cruces que había bendecido el cura del lugar. Cargaban botellas de agua bendita, pretendían defenderse de las bestias que pensaban brotaban de la Ciénega lodosa de esos terrenos aledaños a la casa sombría entre la espesa arboleda.

Sigilosos avanzaban y escuchaban los aullidos de manada de lobos, y percibían ojos vigilantes brillantes que surgían de la oscuridad, observando a la vez miles de murciélagos revoloteando sobre sus cabezas.

El joven, armado de valor enfrentó a las malvadas mujeres, y atrás de él la muchedumbre lo animaba a acabar con ellas. En dicha casona, al llegar, ellas lo quisieron seducir de nuevo, cerrando la desvencijada puerta tras de él, y cuando se vieron rechazadas, furiosas se fueron transformando en mujer lobo, con trompa larga y colmillos sedientos de sangre, y acorralándolo quiso una de ellas exterminarlo, pero los ojos desorbitantes del que deseó tanto, hizo que ésta no cumpliera la intención de matarlo, y saltando vertiginosamente por una ventana quebrando sus cristales y arrastrando las viejas cortinas salió huyendo, dejando atrás a su hermana que fue sacrificada por la muchedumbre al no poder escapar y al haberle enterrado un crucifijo de plata en el corazón, golpeándola con palos, rociándole agua bendita y bañándola con un líquido incendiable le prendieron fuego junto con la casona, mientras los murciélagos deslumbrados con el rojizo resplandor, se perdieron en el casi amanecer al seguir a la malvada.

Los incipientes rayos del nuevo día, al recibirlos la loba, la convirtieron en fuego y luego en ceniza en su intento de escapar. Quedó tirada en el círculo maldito invocando con sus últimas palabras a Belcebú, sin que se sepa hasta hoy si verdaderamente desaparecieron para siempre, o en cualquier momento aparezcan de nuevo con más fuerza para seguir con su sangriento y lascivo destino.

Cada noche de luna los aldeanos recuerdan estos hechos y celebran una misa frente a la parroquia del pueblo, mientras los tejados alumbrados por la luz de la luna lucen sin la espantosa presencia de los murciélagos.


Matamoros, Coahuila

Marzo 7 de 2017


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