Misión cumplida, mamá Malena
- Por SMM
- 7 abr 2018
- 7 Min. de lectura
Para la mamá más buena del mundo

Hoy escribo estas líneas que serán insuficientes para agradecerte, mami (como nunca dejé de decirte desde que era niño), por todo lo que significas para mí, por todo lo que me entregaste, por todo lo que me enseñaste. Hoy y siempre pensaré que fui bendecido por Dios al darme por madre a una mujer especial, a un ángel verdadero de carne y hueso que me resguardó durante toda mi vida, hasta que el mismo Dios te reclamó el pasado 8 de marzo de 2018 porque le hacía falta ese ángel de la guarda que sólo me prestó no únicamente a mí, sino a todos los que cruzaron sus vidas contigo.
Mami, aún recuerdo muchas vivencias de bebé, de cuando estaba en el kínder “Silvia G. de Ayup” y a donde me llevabas amorosamente de la mano, a donde me acompañabas en cada festival y cuando me llevabas el lunch en mi lonchera de Batman y Robin, y cuando me comprabas a la salida una chapeteada o me rentabas el “cinito” del visor que un señor llevaba en una canasta para en disquitos con diapositivas ver la película que más me gustaba: Bambi. Recuerdo también que en esa época me puse muy grave; tenía cuatro años. Y tuve que ser internado en el ISSSTE de Torreón y en peligro de muerte siempre estuviste a mi lado, y fuiste fuerte por mí pero por dentro sé que llorabas lágrimas de sangre al verme en esa condición, y al empeorarme reclamaste a los doctores y enfermeras que dieran su mejor esfuerzo y sólo por eso estoy vivo.
Ya curado, gracias a Dios y a ti, recuerdo cuando en la casa de renta frente a la tienda del “paisa” don Benito Ramírez, en el barrio de la Guerrero, me depositabas mis “domingos” en mi alcancía de tiburón, me comprabas mis taquitos de flauta, le escribías a Santa Claus las cartitas para que me trajera los soldaditos en Navidad y me regañabas cuando me comía los terrones de la pared de adobe de atrás de la casa, por ese antojadizo olor a tierra mojada.
Recuerdo la tarde noche cuando nos cambiamos a Torreón, por fin a una casa propia, cuando de esa casa en la Guerrero montaron todo en un camión de redilas y llegamos a Villa Jacarandas y dormimos en un amontonadero, pero estabas tú para darnos el calor que necesitábamos.
Ya en Torreón, recuerdo que siempre estabas a nuestro lado, en esas tardes lluviosas, en las idas al cine “Torreón”, en las idas al centro, a la fayuca, al llevarnos e ir por nosotros a la escuela en el turno vespertino porque no alcanzamos a quedarnos en la mañana por la mudanza tardía, porque nuestro padre tenía sus compromisos sindicales y su debilidad por la bebida (gran parte es por eso que no me gusta el alcohol, porque destruye y divide a las familias –así me fue en la feria). Pero eso sólo hizo que tú fueras forjando el soporte inquebrantable de nuestra familia.
Ya de vuelta en Matamoros unos años después, me organizabas mis cumpleaños como siempre, ahora a un lado de la casa de mi abuelita Panchita, que se dividió en dos, y que era nuestra casa para ese entonces, también en la Guerrero, y que lo fue por muchos años. Me apoyaste cuando desde esa edad hacía mis propios “Premios” y me ponía a venderlos, rentaba mis comics (que en ese entonces se les decía “cuentitos”), creaba las ruletas, los “escápate peso”, como los que había en las festividades de la parroquia cercana y que me gustaban mucho. Respaldaste mi espíritu emprendedor. Y como una tradición que aún continúa entre los matamorenses, siempre estabas con nosotros en esas noches que sacábamos sillas a la banqueta para platicar y disfrutar esos preciados momentos.

Ya en secundaria, prepa y universidad me apoyaste en todo momento cuando me dabas de desayunar muy temprano de madrugada y esperabas mi regreso hasta muy tarde.
En mi aventura en Japón supe que sufriste pero me esperaste estoica. Y en ese tiempo diste tu vida y tiempo, como cuando convalecí cuando era muy niño, para con mi hermana, siempre al pendiente de ella, luchando con todos los medios posibles y gracias otra vez a Dios y a ti ella está bien.
No se me olvida una tarde que sufrí lo que nunca antes había sufrido, cuando llegué destrozado a casa y al contarte mi pesar, con unas simples palabras y tu abrazo, hiciste que eso que sentía se desvaneciera y me curaste el alma.
Al tomar la decisión de casarme me apoyaste sin dudar. Quisiste a tu nuera y amaste a tus nietas, mis hijas.
Me apoyaste siempre cuando necesité ayuda económica. Sin dudar extendías la mano para darme lo que tenías.
Recibiste con los brazos abiertos a mis amigos de toda mi vida: a mis amigos del kínder, de la Acuña, de la Burgos, de la López Mateos, de la Sector 3, de la Secu, de la Luzac, del Tec Laguna, a mis amigos del barrio de la Guerrero, a mis amigos de mis hobbies del anime y de la música japonesa, e incluso a mis amigos de otras ciudades y del extranjero que me visitaron. Los alimentaste y les diste techo cuando lo necesitaban.
Así como te entregaste a mí, a mis hermanas, a tu esposo, a tus hijos políticos y a tus nietos, te entregaste a tu mamá, a tus hermanos, a tus tíos y primos, a tus sobrinos, a tus compadres y ahijados, a tu familia política, a tus vecinos, a tus amigas de la infancia y de la escuela, a todos los que tuvieron la dicha y bendición de conocerte, mami.
Tuviste una vida de entrega, te sacrificaste por todos, dando tu vida y olvidándote de tu persona. Mucha de esa entrega y gran parte de tu vida se llevó a cabo en el trabajo de la fonda dentro del mercado, el negocio familiar que apoyaste cuando niña con mi abuelita Felipa, al fallecer tu madre lo hiciste con mi abuelita Panchita, y al fallecer ella tú quedaste a cargo, dando sustento y sacando adelante con tu trabajo y esfuerzo a tus hermanos por ser la mayor, y después a nosotros, tus hijos. Y cómo es el destino, parece ser que precisamente todos esos años de esfuerzo extremo y estar en contacto con la forma de cocción por uso de carbón, causaran que ya no estés con nosotros; una paradoja que al ayudar, sigilosamente extinguiría tu vida.
Siempre otros u otras circunstancias decidían por ti, y tú obedecías sin reprochar. Creo que fue hasta el final que hiciste lo que tú quisiste, lo que María Elena Márquez Fernández por fin quería para ella; corto fue el tiempo para eso, pero por fin disfrutaste al tomar tus propias decisiones de lo que querías y lo que no querías.
Soy feliz por ser tu hijo. Porque Dios me dio a una madre como tú. Siempre he pensado que eres la mejor madre, la mejor mujer, la mejor persona que he conocido en mi vida; y vaya que he conocido personas extraordinarias, pero nadie como tú. Y qué hijo no piensa que su madre es la mejor. En verdad pienso eso porque ya sé que todos tenemos nuestro defectos y nuestras virtudes, pero tú tenías muy pocos defectos, e incontables virtudes. Si hubo alguien cercana a ser perfecta, esa fuiste tú. Y no sólo lo digo yo (en estas pocas líneas que te dedico), sino esto que afirmo lo pueden constatar tus hermanos, tus demás familiares, tus compadres, ahijados, amistades… en fin, quienes te conocieron.
De estos últimos meses los momentos más felices eran cuando llegabas a mi casa junto a mi hermana, para convivir las noches de los fines de semana, o cuando nosotros íbamos a tu casa para comer todos juntos, mis hermanas, mi esposa y tus nietos, y platicar y reírnos como siempre de tus ocurrencias involuntarias. Me dio mucho gusto que decidieras festejar tu cumpleaños en septiembre del año pasado, 2017, y que lo hicieras de la forma como tú quisiste, en el lugar que quisiste, invitando a quienes quisiste te acompañaran; todo esto lo habías querido varios años atrás pero no se daba la oportunidad. Gracias a Dios lograste hacerlo y quienes te acompañamos atesoraremos esos momentos al verte feliz, mami.
Lastimosamente los últimos recuerdos junto a ti son los más dolorosos, lloré al verte ya muy débil, al ver cómo no podías dormir, comer o beber líquidos, al ver cómo tu cuerpo se adelgazaba día tras día, al tomar tu mano flaquita y recordar esa mano fuerte que me tomaba desde que era bebé y me daba fortaleza, pensando que se invertían los papeles al estar ahora en un hospital o en casa tratando yo de darte ahora fortaleza a ti, que siempre estuviste a mi lado, pensando que pude hacer muy poco por ti, mami, sintiendo una impotencia tremenda y cruel. Pero gracias a Dios son pocos y son los únicos. Nunca eclipsarán el resto de los momentos felices de mi vida y que me quedo corto en resumir en este mi escrito para ti, mamá.
Agradezco a mi hermana Nuria toda su entrega para contigo, a mi hermana Isabel y a mis tí@s y prim@s por acompañarte y ayudarte en lo que pudieron, a tus amistades por visitarte y darte ánimos, a todos los que con un abrazo o palabras de aliento estuvieron contigo y con nosotros en esos momentos difíciles.
Pero agradezco más a Dios por como dije, permitirme ser el hijo de la persona más buena de este mundo. La bondad que hay en mí, te la debo a ti.
Gracias, mami. Y espero poder ganarme un lugarcito allá arriba para reunirme contigo, ya que tú con tus acciones en vida te ganaste el mejor lugar, un lugar VIP junto a nuestro Padre Dios y su hijo Jesucristo.
Cuídanos desde donde estés. Bendecida seas, mamá Malena.
Te ama, tu imperfecto hijo.