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Tacos de barbacoa

  • María Carolina
  • 7 abr 2018
  • 4 Min. de lectura

Hace años trabajé con un doctor que nos llevaba a diferentes lugares. En uno de ellos labore muy a gusto porque los empleados de ese sitio eran muy amables y los pacientes que acudían con el doctor eran de bajos recursos, muy platicadores, lo que yo aprovechaba para hablar de distintos temas y el tiempo se pasaba volando, tanto así, que cuando me daba cuenta ya era hora de regresar al consultorio.

Había en ese lugar dos policías que vigilaban, de 60 y 62 años, y al llegar por la mañana estaba uno, y casi para irnos llegaba el otro, que era el relevo del primero, y siempre los dos jugaban a celarme y pelear por mí. Eran dos viejitos adorables, y ya casi para marcharnos uno le decía al otro: “¡Dos somos muchos, mi buen! Uno de los dos sobra. ¡Desenfunde!”, y yo me reía con sus juegos. Se llamaban don Jesús y don Manuel.

Pero como ya eran mayores, mandaron un relevo más de la misma edad, pero sólo de verlo se daba uno cuenta que le encantaba la ¡beberecua! Él se llamaba don Chon.

Ese día era viernes, y como cada semana nos tocaba ese lugar, y para mi tristeza me levanté tarde y no alcancé a desayunar como siempre lo hacía antes de llegar a mi trabajo, y al entrar a ese lugar lo que lastimó agradablemente mi nariz fue el olor de los tacos de barbacoa que se ponen a vender a la entrada, y mientras el taquero con su gorrito blanco y su delantal prepara los tacos, el ayudante está picando la cebolla y el cilantro, que luego les pone de relleno junto con la salsa y limoncito.

Y por mucho que me concentrara, con el hambre que tenía no lograba poner toda mi atención en lo que hacía, porque mi mente y estómago estaban en el puesto de tacos.

Ese día no se encontraba ninguno de los dos vigilantes para pedirles me cuidaran mientras yo compraba mis taquitos, y así, sin ellos, tuve que aguantarme.

Quien se aproximó fue don Chon, el nuevo vigilante, alisándose los bigotes, quien me preguntó: “Amiguita, ¿ya almorzó?”, y le dije: “No, don Chon, ¡no alcancé!”.

Y en pose ridícula de galán de cine mudo, me dijo: “Permítame invitarle una orden”, y quise decir que no, pero mi estómago me delató con un gruñido ruidoso, así que rectifiqué y dije que sí.

Me llevó los cuatro tacos y él en un lado también se puso a comer, y por estarme contando que vivía solo y triste, llegó un momento en que se estaba ahogando y creo que exageré al pegarle en la espalda, porque de un tosido aventó el bocado con una tos de perro friolento, y pelando los ojos me dijo muy apenas “Gracias”.

Para esto, yo ya llevaba el segundo taco, y volvió a la carga don Chon con ojos de Pedro Armendáriz, pero en él me parecían de chivo semental en decadencia.

Yo lo escuchaba atenta, mientras mi paladar se deleitaba con aquellos tacos, y de lo delicioso que estaban, de mis ojitos caían dos lagrimitas discretas.

En el tercer taco, don Chon ya me había contado que su mujer lo había dejado y que no sabía por qué, y que desde entonces vivía en franco celibato y que hasta hoy había encontrado a su ideal de mujer, y esto lo dijo mirándome fijamente como lanzándome el mensaje para que yo lo captara.

Me apresuré a comerme el cuarto taco, que no por ser el último estaba menos delicioso que los otros tres, y lo hice de prisa porque ya don Chon jugaba nerviosamente con sus manos tratando de tomar las mías.

Por fin me comí la última parte del taco, saboreándolo despacio, mientras don Chon se derretía en palabras melosas. Ya me había contado que rentaba un cuartito de azotea donde pasaríamos nuestra luna de miel y donde no tendríamos frío, y agregó: “¡Después Dios dirá!”.

También me confesó que de vez en diario tomaba, sin llegar a perderse (me reí para mis adentros mientras veía que tenía su boca cocida por el aguardiente).

Lo estuve observando mientras terminaba con sus argumentos, mientras yo le daba un enorme trago a mi refresco, que él también tuvo la atención de llevarme. Al ver que yo había terminado, creo que fue lo que lo decidió a dar el tiro de gracia a esta paloma regordeta, y me dijo: “¿Entonces qué, amiguita? ¿Se anima a comenzar una nueva vida conmigo?”.

Voltee a ver a aquel hombre flaco, muy canoso, con unos bigotes mal cortados y de huesos apenas forrados con piel muy ajada y sin caderas, motivo por el cual a cada rato se subía el pantalón, porque no tenía donde detenerse. Y lo vi esperando mi respuesta (viejo loco), ya casi esperando el sí para irse a festejar.

En ese momento, le dije: “Mire, don Chon, si no tuviera compromiso, le juro que usted sería la primera persona en quién pensaría. Tiene mucho estilo, y me sentiría orgullosa de ir de su brazo, y estoy segura de que seríamos muy felices. Pero tengo un viejo muy celoso que siempre me cuida y me sigue, además carga pistola”. Y dijo: “¡A chin...!”, y volteó para todos lados buscando a mi galán imaginario, y agregó: “Bueno, amiguita, no nos tocaba ser felices, pero eso que me dijo, me agradó mucho”, y pensé al verlo alejarse: “¡A mi más que me haya pichado los tacos!”.


María Carolina

Enero 2018



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