Casa amarilla
- María Carolina
- 8 jul 2018
- 2 Min. de lectura

Lo vi llegar a la imprenta de enseguida y me saludó con agrado, mientras entregaba las hojas para los trabajos que él requería.
Y no pude evitar mirarlo, su forma de ser me gusta, sincero, alegre, ruidoso. Son meses de esperarlo y ver que llega, los mismos que se ha metido en mi espacio, en mi mente, en mis más íntimos momentos. Por las noches lo recuerdo, ya es parte importante de mis pensamientos.
Me dijo al salir de la imprenta: “Guapita, la invito a cenar taquitos de carne asada y cervecita helada para comenzar, luego caminamos por la plaza principal y le pongo un trío que le cante como Vicente o como Pedro Infante, que le digan en sus canciones que éste servidor la adora, que me gusta y que la quiero para reina de mi casa, ¿qué me contesta? ¿Quiere ser mi señora?”.
Y me miró jugando y con una sonrisa que me dejó suspirando, me lanzó un gran beso y se encaminó de prisa, mientras cada momento vivido yo lo estaba repasando cuando aún él estaba a la vista.
Y aún me dijo corriendo: “Vivo en el 130 de una casa amarilla”, y agitando su mano se subió a su coche y agregó: “¡Le llamo! ¡No!, mejor la busco por la noche. Por favor, ¡use su vestido azul y su perfume de siempre!”.
Y lo vi alejarse por aquella avenida. Aún me seguían sus ojos y su gran sonrisa, y al llegar la noche, yo quería ir a buscarlo, pero recordé las señas del número 130 y aquella casa amarilla, y pensé que no la encontraría, porque con esos datos, ¿cuántas casas y números habría?
Por fortuna, al caer la noche, llegó puntual a las 8, y yo, vestida de azul y con mi perfume Oxygen, salí dispuesta a cenar taquitos de carne asada y cervecita bien helada, y luego a caminar por la plaza solitaria.
Él parecía un caballero, sólo le faltaba el frac, y derrochaba alegría y buenos modales. Y sí escuchamos el trío, y yo convencida de su amor escuché cuando pidió “Como un duende” y “Gema”, y cuando dijo: “¡Tres regalos!”, ahí besó mis manos con devoción, y de pronto llegó a mis labios y supe que había encontrado al compañero ideal, porque me dio su cariño y apoyo incondicional.
Y después de aquella cita, aún llega por la imprenta y sigue llevando sus hojas y las muestras que necesita, luego se pasa enseguida y me deja una rosa roja que besa con mucho amor a mí, su esposa querida, porque luego de esa noche, en ceremonia emotiva, nos casamos de inmediato. Y yo sigo trabajando y esperando que él llegue, aunque lo vea todos los días y me diga en forma sencilla: “¿Sabe?, ¡vivo en el 130 de una casa amarilla!”.
María Carolina
Marzo 14, 2018