La muerte de Francisco Villa
- Por Agustín ARELLANO FARÍAS
- 19 sept 2018
- 3 Min. de lectura

El 20 de julio de 2018 se cumplieron 95 años del asesinato del General Francisco Villa. En estas páginas recordaremos los nombres de los asesinos y los compañeros que servían de escota al General Francisco Villa. Sin adornos ni rodeos platicaremos en forma directa lo que tanto se sabe.
Los asesinos intelectuales fueron tres: Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Jesús Agustín Castro, Gobernador de Durango en ese tiempo. La trama comenzó con Melitón Lozoya, al verse amenazado por Francisco Villa, que le exigía unos muebles que había vendido de la Hacienda de Canutillo. Al no poder entregarlos buscó a su primo Librado Martínez, que vivía en El Carrizo, arriba de Rosario, Chihuahua, a ocho kilómetros de Hidalgo de Parral. Melitón Lozoya vivía en La Cochinera, municipio de San Bernardo, Durango. Librado Martínez buscó a sus medios hermanos José Sáenz Pardo y Juan López Sáenz Pardo, que vivían en Amador. Fue por su compadre José Guerra a El Ojo de Agua. Y en Ojitos encontró a José Barraza, primo de Jesús Salas Barraza. Todos estaban emparentados. La Cochinera, Amador, Ojo de Agua y Ojitos estaban a dos días a caballo de Hidalgo del Parral.
La primera reunión de los complotistas fue en las Cochineras, donde Melitón Lozoya vivía; los invitó a comer y ahí les expuso su plan macabro. José Barraza, primo del diputado por Durango Jesús Salas Barraza, invitó a éste a participar, sirviendo de enlace con el Gobierno, que de inmediato dieron el apoyo. Los comerciantes de Parral encabezados por Gabriel Chávez ofrecieron todo tipo de apoyo, dinero y comida durante tres meses que anduvieron acechando al General. A los complotistas les avisaban por telégrafo a la estación del Rosario, a ocho kilómetros de Parral. Luego Juan López Sáenz Pardo les avisaba al grupo y se venían a caballo. Las armas las recibieron por medio del comerciante Gabriel Chávez; cada uno recibió un potente rifle y una pistola calibre 45 con suficientes cartuchos de balas expansivas.
Jesús Salas Barraza recibió un rifle automático Winchester 73, ochavado y una .45. Melitón Lozoya: rifle automático y pistola .45. Román Guerra: rifle 30-40 y pistola .45. Juan López Sáenz Pardo: rifle 30-40 y pistola .45. José Sáenz Pardo: rifle 30-40 y pistola .45. José Guerra: rifle 30-30 y pistola calibre 32-20. José Barraza: rifle 30-30 y pistola de cañón corto, “chata”, calibre 44. Librado Martínez: rifle 30-40 y pistola Colt especial. Ruperto Vera: rifle 30-30 y pistola calibre 44 de cañón largo, o tiro alto. Mientras los asesinos estaba en su guarida recibían alimentos enlatados y pastura para los caballos de parte de Gabriel Chávez, más 5 pesos para gastos.
La mañana del día 20 de julio, Félix C. Lara, Coronel del Ejército y Jefe de Guarnición de Parral, se llevó a los soldados a ocho kilómetros de distancia de Hidalgo de Parral, a Estación Maturana, por órdenes superiores. Los dos cuartos que rentaron pertenecían a Guillermo Gallardo Botello, que estaba en el secreto. Juan López Sáenz Pardo era el velador, ojo atento por una rendija que daba a la calle Juárez. En el cuarto 7 se encontraban sobre pacas de alfalfa Melitón Lozoya, Librado Martínez, José Guerra y Jesús Salas. Primer descarga. En el cuarto 9 se encontraban José Sáenz Pardo, Román Guerra, José Barraza y Ruperto Vara. En el corral de Botello los cuacos estaban ensillados.
Eran las 7:45 cuando el automóvil que manejaba Francisco Villa seguía avanzando. Frente a la plaza se encontraron que caminaba un tipo, que se quitó el sombrero y se limpió la frente con un paño con la mano derecha, era la señal que Villa iba al lado derecho. A veinte metros el automóvil frenó un poco por una zanja que había. Dentro del cuarto numero 7, Librado Martínez dijo: “¡Pues órale!”, con el grano del rifle abrió la puerta y se desencadeno el ¡infierno! Villa alcanzó a sacar su pistola y en los estertores de su muerte disparó un sólo tiro que le pegó en el mero corazón de Román Guerra. Ahí murió Francisco Villa, Miguel Trillo, Rosalío Rosales y David Tamayo. Claro Hurtado murió a los pocos minutos en un hospital; tenía ocho impactos de balas mortales. Rafael Medrano murió una semana después. Ramón Contreras sobrevivió a tres impactos de balas, perdió un brazo.
El comandante de Parral, Luciano Orduña, estaba en el secreto; ese día no tenía ni un penco. 15 días después, doña Josefa Solís, suegra de Melitón Lozoya, llegó a la Cochinera en una carreta; les llevaba el dinero: 300 pesos para cada uno de los asesinos. El coronel Félix C. Lara recibió 50 mil pesos y un ascenso inmediato superior. Librado Martínez, ya sin ningún remordimiento, confesó a los periodistas de la “Prensa”: fue cuestión del Gobierno, Plutarco Elías Calles autorizó, Gabriel Chávez trató con el Gobierno, y Melitón Lozoya fue el intermediario.
Desde entonces, la eterna fiebre de los desposeídos sigue buscando el tesoro de Pancho Villa.
¿Quién mató a Villa? -“¡Cá-lle-se… amigo!”-.