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Aquel día

  • Por Raúl Sergio de la FUENTE HERNÁNDEZ
  • 10 ago 2019
  • 1 Min. de lectura

Aquel día me dijo:

ven no te vayas,

no busques la soledad

para llorarme,

espera que se apague

la flama de mi vida;

deseo escuchar los versos

que me hiciste aquel áureo

atardecer junto al mar;

y clavando en mis ojos

su flébil mirada

en tono suplicante me dijo:

anda concédeme esa dicha, quiero

irme sintiéndome amada…

Yo, presintiendo que se esfumaba

aquel celaje

que pobló mi cielo, haciendo

acopio de estoicismo,

la tomé en mis brazos, y besando

su afiebrada frente, le declamé:

Déjame que bese

tus manos de seda,

cual si fueran rosas

de la primavera.

Déjame que siembre

tu cuerpo de besos,

donde nazcan flores

que pueblen mis sueños

y mis embelesos.

Déjame que cruce

el umbral de tu gloria,

y que el mar cantando

cuente nuestra historia.

Después bailaremos un vals infinito

al compás del viento,

y ante ese sol que triste se

extingue sin ningún lamento.

Y escuchando el poema,

poco a poco sin cerrar los ojos,

se quedó dormida…

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