Armas químicas
- Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
- 10 ago 2019
- 2 Min. de lectura

Junto con mi familia, cenábamos lo único que encontramos en la alacena: pan duro y latas de sardinas.
Entre el aullar de las sirenas de alarma en la ciudad, el llanto del pequeño nos conmovía, y en mí crecía la incertidumbre ante el llanto de mi niño clamando por agua.
Las calles con edificios derrumbados por las bombas del tirano, el terror corría junto por el viento y el olor a pólvora, sobre el hedor de los muertos.
Sí, los rebeldes que luchábamos contra la dictadura, compañeros, yacían tirados con sus ropas desgarradas; a muchos de ellos sus deudos se aferraban, implorando paz, piedad y justicia, con sus rostros bañados en lágrimas.
Por las noches, el cielo constantemente se alumbra por el fulgor del estallido de los cohetes o disparos de las ametralladoras al estallar.
Como monstruos fantasmales, los tanques de guerra aplastan sin piedad lo que encuentran.
Salimos de nuestro resguardo corriendo buscando un sitio más seguro, tropezando con los restos que invadían el suelo por los derrumbes que nos cercaban.
De pronto, el ruido de las aspas de un poderoso helicóptero cruzó el cielo, y creíamos que venían a rescatarnos, pero ¡oh, Dios!, éstos soltaron desde las alturas tanques con un gas letal que al aspirarlo o tocar nuestra humanidad nos corroía, causa de que murieran muchos niños y compañeros; algunos de nuestros amigos nos bañaron con agua con mangueras, tratando de quitarnos el letal líquido que nos quema y asfixia.
Las escenas desgarradoras que mis ojos vieron, me las llevaré conmigo hasta la muerte, a la que siento muy cerca, pues tengo dificultad para respirar. Quedaré yaciendo tratando de tomar de la mano a mi extinta familia y maldiciendo a quienes con sus armas químicas, sin el más mínimo buen sentimiento, nos acaban.
Espero de Dios haga un gran milagro desterrando a los malvados que son el instrumento de la muerte.
Oliverio RODRÍGUEZ HERRERA
Matamoros, Coahuila, abril 12 de 2018.