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El mar

  • Por Raúl Sergio de la FUENTE HERNÁNDEZ
  • 10 ago 2019
  • 1 Min. de lectura

Quiero tanto al mar, que a veces me

siento parte de su suave y argentada espuma,

fragmento de una ola dorada por el sol,

plateada por la luna.

Será que en otra vida fui un caudaloso río,

que un día, cargado de pesares y de melancolías,

llegué hasta sus orillas desfalleciente y frío,

y en místico silencio me confundí en sus

olas como un leve suspiro suspenso en el vacío.

Será porque en las noches lo visita la luna,

y amorosamente lo besa con sus labios

de plata, con sus labios de seda; besos que

impregnados con aromas de azahares,

embellecen su alma y ahuyentan sus pesares.

Será porque la aurora, con su rubia sonrisa,

se deleita plantando claveles y amapolas

en la inquieta mirada de sus aguas azules que,

alegremente, bailan al compás de los vientos

y al efímero paso de las nubes.

Será porque es el llanto de frustrados amores

que no pudieron nunca sus sueños alcanzar,

como ilusas gaviotas que en temerario vuelo

anhelantes surcaron la inmensidad del cielo,

pero jamás hallaron el paraje deseado donde

poderse amar.

Será porque su dulce canto y su llanto salobre

son tan profundos y amargos como el llanto mío,

recurrentes causantes de mi eterno pesar;

por eso quiero tanto a ese inquieto y viejo

amigo que le dicen el mar…

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