Goyo
- Por Raúl Sergio de la FUENTE HERNÁNDEZ
- 10 ago 2019
- 1 Min. de lectura

Afectuosamente a Gregorio Martínez Valdez, Doctor en Comunicación y Sociología Rural por la Universidad de Wisconsin, EUA, emérito de la Universidad de Chapingo e insigne hijo de Viesca, Coahuila
Vientos alisios cruzando
con la sutileza fiel
de sus ondinas
las áridas llanuras
de tu tierra norteña,
anidaron en las entrañas cálidas
y tiernas de una doncella:
tu bella madre Merceditas.
Abrevaste las aguas
cristalinas de aquellos
manantiales azul cielo
rizadas por las
brisas vespertinas,
que hicieron eco en la memoria
virgen de tu infancia,
y fueron tu bagaje en
tu prolija vida peregrina.
Enamorado estabas de
tu pueblo; degustaste
a plenitud sus tradiciones:
danzas, morismas, posaditas, pastorelas;
las sabridas reliquias
del asado y las siete sopas principales.
Disfrutaste las románticas
piezas musicales que
afloraban de las cuerdas
del violín al contacto
sutil de los invidentes
dedos de Ferino.
Te fascinaba contemplar la
nostálgica presencia de su otoño,
los brillantes reflejos de
su luna argentada,
su estrellado cielo decembrino
y escuchar los cánticos bucólicos
que alababan al Niño
redentor recién nacido.
Goyo, hoy no puedo verte,
cautivo te retiene
un ataúd gris e
indolente;
es muy dolorosa tu partida,
y más aún al saber que es
imposible librarse de las
siniestras garras de la muerte.
En la pared de fondo
de esta capilla funeraria
pende una pequeña cruz
asimétrica y vacía,
mas el cuerpo martirizado
del Cristo de mirada doliente
y suplicante, está ausente.
Los alcatraces y las rosas
blancas depositadas por
tus deudos oferentes,
más que bellas, me
parecen lánguidas y tristes.
Goyo, aquí estoy, recordando
con agrado y admiración
tu inteligencia, tu cultura,
tus amenas conversaciones
asperjadas de sabiduría
y tus finísimos sarcasmos;
pero sobre todo, tu señera
sencillez, digna de una poesía.
En Viesca, las campanas
de la legendaria iglesia
no doblarán por ti;
pero sus ocasos purpurinos,
su rosicler, el fulgor
llameante de sus estrellas
y la límpida brillantez
de su luna argentada,
iluminarán el silente
y oscuro camino de la
noche sin fin.
México, D.F., otoño de 1915.